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Me he preguntado una y otra vez como puede generarse la Fe. (ponerlo con mayúsculas es una especie de trampa, lo evitaré) Las personas tienen fe siempre en algo, pero esa fe, como se crea? Puede uno manipular su propia fe? Existen mecanismos para crear fe? O es un don misterioso que nace con uno, o es creado espontáneamente ante algún suceso, desgracia, pena o dolor? La fe esta relacionada siempre con algún episodio doloroso o con un período triste que nos hace depositar nuestra esperanza en cosas o seres externos?

Para responder estas preguntas, primero tenemos que tener claro que la fe no surge del cerebro. La mente humana está preparada para razonar, deducir, recordar, imaginar nuevos universos, crear nuevas realidades, pero no para sentir. Y la fe es un sentimiento. No puede generarse ni expresarse en la mente.

Esto que parece tan elemental es muchas veces olvidado por nosotros, que pensamos que así como el cerebro puede crear su propia realidad, también puede crear sentimientos. Y es olvidado muchas veces por los mismos líderes religiosos, que apelan a convencer, en lugar de provocar sentimientos. Dicen apelar al corazón, cuando en realidad están hablándole al cerebro.

La fe se crea en el corazón, en el espíritu, en el alma, no en el cerebro. Pero la pregunta es: puede crearse? Y la respuesta es si.

Sentir que la fuerza eterna que construye mundos y universos está en el corazón que late dentro nuestro, es el comienzo de la generación de la fe. Que a esa fuerza la direccionamos con el cerebro, pero que el empuje lo obtiene del corazón. La voluntad, cualidad que distingue al ser humano por encima de las otras especies de la naturaleza, es la que mueve los sentimientos hacia adelante, en lugar del instinto como en los animales. Y esa voluntad es la que hará que nuestros sentimientos, alineados con la fe que tenemos puesta en el futuro, lleguen a prosperar en lo que aún no ha sido creado para nosotros.

Primero debemos, siempre y constantemente, apartar todos los pensamientos que no vayan hacia adelante, hacia la absoluta confianza de que conseguiremos el o los objetivos que nuestra mente imaginó, creó y depositó en el futuro que está llegando con la fuerza de nuestro corazón, de nuestra alma. Eso hará que nuestra mente se blinde ante pensamientos desagradables o pesimistas. Poco a poco, con el ejercicio permanente y constante, nuestra mente irá olvidadando esas dudas y esos temores. Ese es el primer paso: evitar que nuestra mente conspire contra nuestro corazón. Apartar del cerebro toda duda razonable, toda impresión de que puede fallar, toda semilla por mas pequeña que sea de raciocinio o del fantasma de la mente dubitativa.

Luego debemos percibir las realidades que queremos construir como viniendo hacia nosotros, despacio, sin prisa pero sin pausa. Pero percibirlas con el espíritu, con el corazón. La firme convicción que aparta toda duda, todo titubeo, que abarca todo el corazón en la certeza de que veremos conformarse las realidades a las que aspiramos justo delante de nuestros ojos. La certeza no mental, sino en el corazón, la misma certeza que sentimos cuando vemos a nuestros seres queridos y sabemos que nos aman. Ese sentimiento, aplicado a la materia que todo lo crea y todo lo ve, es el que irá creciendo en nuestra alma.

Eso construye nuestra fe. La alimenta cada día, la hace crecer hasta abarcar todo el espíritu. Cuando el alma humana está llena de esa fe, los pies caminan sobre el agua, el universo se mueve a nuestro ritmo, los obstáculos desaparecen y la realidad se moldea a nuestro deseo.

Este ejercicio realizado todos los días aunque sea cinco minutos,  nos hace sentir como crece nuestra fe en las fuerzas de la vida. Y de pronto nos hace palpar esa alegría de haber hecho el trabajo más poderoso que un ser humano pueda realizar, la creación. Y de que ya lo hemos hecho, de que a partir de ahora todo se conformará y llegará lo antes que pueda. Que nada nos puede desviar, que nada puede destruir nuestro futuro tal como lo soñamos.

Estos pasos simples crearán y alimentarán nuestra fe hasta transformarla en un credo omnipresente, que todo lo cubre con su fuerza positiva. Ningún mal se derivará de eso. Y con esta fe robustecida va a surgir la realidad que deseamos en el fondo del mismo corazón que empuja a su creación.

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Comencé tomándome un tiempo. Puse mi mente en blanco. Luego me imaginé tomando mi corazón en una mano y lo miré, lo sentí latiendo en mi mano. Luego sentí que lo ofrecía a la sustancia que todo lo abarca, que todo lo llena, estirando mi brazo. Y sentí como latía mucho más fuerte, mucho más claro en la palma de mi mano. Eso construyó mi fe en la sustancia siempre presente por que pude palparla en la oscuridad. Entonces un sentimiento de alegría se apoderó de mi corazón, y volví a guardarlo en mi pecho.

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