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En todas y cada una de las situaciones que vivimos, nos encontramos con personas que tienen una visión competitiva de la vida. Personas que viven intentando competir con los demás para asegurarse su puesto en el trabajo. Gente que no vacila en destruir a sus compañeros para ganarse un lugar en la oficina o en la empresa. Gente que habla mal de otros, siembra dudas de su moralidad o simplemente desacredita por envidia.

Esto ocurre en todos los países, en todas las culturas y en todas las actividades. Y esto es parte de una profunda contradicción: Muchas veces se hace mucho daño a los demás para hacerse un bien a uno mismo, sin pensar que nunca un daño puede construir un bien. Inclusive hasta en la guerra, el más cruel de los actos humanos colectivos, nadie gana, y muchas veces los vencedores pierden más que los vencidos.

Pensar que generandole un mal a un compañero de trabajo, hablando mal de él o destruyendo su reputación, podemos generar algún bien para nosotros mismos, es pensar que lo malo puede generar algo bueno. Quizás transitoriamente sea así, y gocemos de ciertas mejoras durante un tiempo, pero en el largo plazo eso se revertirá y en algún aspecto de nuestras vidas, el universo nos pasará la factura.

Nadie está solo ni aislado en el universo, y el daño que hagamos a los demás nos lo estamos haciendo a nosotros mismos. Solamente que para nuestra confusión, a veces se producen efectos positivos engañosos. Si pudiéramos entender esa verdad tan simple e ingenua, el mundo sería un lugar mucho más habitable y humano.