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Les voy a contar una historia fresca, absolutamente verídica y reciente. Transcurre (o mejor dicho me ocurrió) entre febrero de 2010 y enero de 2011, o sea ahora.

Es la historia de Michelle, una niña de 22 años, nativa de un país muy pobre de Centroamérica que tuve la suerte de conocer en uno de mis viajes. Al azar, en febrero de 2010 me tocó visitar un pueblo muy pequeño de un país muy pequeño y pobre, cuyos habitantes están entre los más pobres de la tierra. La conocí en un bar mugroso: la niña tenía cinco hermanitos, vivía con su padre, quien había echado para siempre a la madre de la casa al encontrarla con otro.

El padre de Michelle hacía milagros para sostener la familia en el medio de la cuasi miseria, mientras ella le ayudaba prostituyéndose. En ese pueblo, nadie se asombraba por eso. Me llamaron la atención sus ojos tristes, su figura esbelta y delgada, y su madurez, quizás el rasgo más notable para su edad.

Conversamos, me preocupé por su pobreza, su falta de oportunidades y estuve a punto de intentar ayudarla económicamente, pero me parecía que la ofendería. Nada había en ella que pidiera ayuda, más bien parecía muy segura de sí misma. Conversamos toda la noche. Me despedí con cierta nostalgia.

No la volvía ver durante varios meses. Si bien volví a ese país, no al pueblo, siempre me quedaba en la capital. Un día, revolviendo mis Contactos del celular, la encontré, y por alguna razón la llamé, acaso preocupado por su suerte. Me atendió alegrándose de mi llamada y me contó que estaba en la capital, así que podíamos encontrarnos. Y así lo hicimos.

Cuando la ví, estaba radiante. Había conocido a un árabe, con el cual se había puesto de novia, y ya no practicaba el antiguo oficio. El árabe comercializaba telas, que traía de Asia. Continuamos hablando dos o tres veces por semana, mientras yo seguía preocupado por saber si realmente saldría adelante con ese nuevo trabajo, y ella despreocupada me contaba que las cosas económicas iban bien. No sabía nada de telas, pero se las arreglaba para vender. Ya empezaba a incorporar empleados.

Un día dejó de responder mis llamados, lo cual aumentó mi angustia. Sin embargo, a los siete u ocho días, me contestó. Me contó entre llantos que su padre había muerto, en un accidente de tránsito, y que ella estaba de nuevo en el pueblo, haciéndose cargo de sus hermanitos, miseria de por medio. El árabe seguía con las telas, pero ella no podía trabajar, por que sus hermanos le demandaban todo el tiempo. Creo que lloré un poco ese día.

Al día siguiente volví a llamarla, angustiado. La encontré mejor, y me dijo una frase que me dejó pensando: “esto no me va a impedir salir adelante”. Seguí llamándola, preocupado. A la semana estaba en la capital con sus cinco hermanos. Y se había traído un tío que estaba sin trabajo. Ante mis dudas sobre como los iba a mantener, me dijo: “es simple, vendiendo telas”. No presté la debida atención a ese mensaje. Seguí llamándola dos o tres veces por semana. Su situación mejoraba día a día. las telas se vendían, y ella organizaba su vida. Alquiló un departamento, ella trabajaba y un tío, de unos cincuenta años, cocinaba y atendía a los niños, los llevaba al colegio y los cuidaba. Llegué a conmoverme por ese ejemplo de lucha, de salir adelante, de poder. Eso es poder.

Hace unas cuantas semanas la llamé una noche. Se alegró de oirme, como siempre. Conversamos sobre su vida, sus negocios, sus hermanitos, su perro y la cantidad de gente que viene a verla para pedirle trabajo. Sus primos se han agregado al negocio, y el tío sigue cocinando y llevando los niños al colegio. (ella tiene 23 años y el tío tiene mas de 50).

Fué ahí que me dijo una frase que me dejó helado. Me quedé callado preguntándome donde está Wattles, y dónde está la riqueza. Hablando de cómo organiza su vida y sus horarios, me contó que el tío administra todos los gastos de la casa. Me contó también que una vez por semana ella le pasa dinero abundante para los gastos, y que el tío se preocupa por rendirle cuentas de lo que gasta. “Entonces yo le dije; tio, no se preocupe por el dinero, usted tiene que estar adelante del dinero, y no atrás del dinero. Usted tiene que trabajar, hacer negocios, hacer cosas, pero no preocuparse por el dinero, nunca haga nada por el dinero, hagas las cosas y el dinero vendrá solo. No vaya atrás del dinero, vaya adelante del dinero.”

Quedé varias noches pensando en esa frase y preguntándome: Donde está Wattles?, donde está su sabiduría? acaso una niña sin cultura, sin haber leído, hasta sin probabilidades de salir adelante, puede conocer tan a fondo la filosofía de Wattles? como? de donde?

Aún me lo pregunto, y Michelle se recoge el cabello, me mira y me sonríe. Nunca ha escuchado hablar de Wallace Wattles.

Esta historia continuará, eso es seguro, por que Michelle será rica en poco tiempo más, y yo contaré nuevamente sus aventuras.