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Nuestra mente vive mucho más tiempo, durante cada día, en el futuro que en el presente. Es decir, cada vez que hacemos algo, ya sea en nuestro trabajo o aún en nuestra familia, estamos más pendientes de los resultados de dicho acto en el futuro, que lo que percibimos de él en el presente. Nuestra mente se “estira” desde el presente al futuro, permanentemente. Si en mi trabajo debo construir una mesa, mi visión está puesta en el instante futuro en que esa mesa esté terminada y mi jefe me felicite por su acabado o por la velocidad de la ejecución, o mi cliente venga a recogerla y me pague el precio de la mesa, o cualquier otra cosa que ocurrirá como resultado de mi trabajo de fabricar la mesa.

Esa costumbre o reflejo de estirarse siempre hacia el futuro nos hace virtualmente imposible vivir el presente. Quizás aluna vez reconozcamos el presente, y las cosas que tenemos en él, como un reflejo de un futuro pasado. Es decir, recordemos cuando este presente era un futuro soñado y digamos, bueno, finalmente lo conseguimos. Pero aún en ese momento, estaremos viendo el presente como el futuro que soñamos en el pasado.  Ahora mismo estoy escribiendo esto pensando en lo que opinarán los lectores cuando lo lean en el futuro, y veo este blog como un sueño del pasado, más que como un capital del presente.

Cuando actuamos así, y es el 90% del tiempo, no hacemos otra cosa que decirle a la vida, a la naturaleza y a nuestro entorno, que estamos viviendo un préstamo. Nada es real. Lo pasado pasó y lo futuro es incierto, por más fe que tengamos. Entonces nada es real, nada es tangible, nada hemos hecho. Hay veces que nos reconocemos como exitosos, pero seguramente encontramos que no hemos logrado absolutamente todo lo que soñábamos, alguna cosilla nos ha faltado, que hace que este presente sea un futuro imperfecto visto desde el ayer, siempre insatisfecho.

Esto no tiene nada que ver con la visión que tenemos de lo que queremos para nosotros. Esa visión, obviamente, es futuro. Si tenemos fe, más que un futuro esa visión vendría a ser un presente que aún no ha llegado. Es decir, estamos tan seguros de que ocurrirá que sería algo así como injusto llamarla futuro, más bien es un presente en curso de arribar a destino, a hoy.

De lo que estamos hablando es de la imposibilidad real de concentrarnos en el presente. El hecho de que estemos vivos es magnífico, es un regalo soñado haber llegado a la edad que tenemos hoy, cuando hubo tantas chances de no haberlo logrado. Eso solo ya nos pone dentro de este universo, en este planeta maravilloso, del cual podemos disfrutar de sus inconmensurables bellezas, o al menos lo que los humanos consideramos belleza. No quiero ser muy optimista porque supongo que entre los lectores habrá gente que quizás no la esté pasando bien. Pero seguramente podrán encontrar cosas bellas en su presente, aún en medio de la desgracia o la mala suerte.

Vivir el presente significa darnos un espacio para pensar en el punto en el que estamos. Palpar lo que tenemos y saborearlo en toda su extensión. Darle a este momento el verdadero significado de irrepetible, como es irrepetible cada presente. Tomar conciencia de nuestra conciencia ahora, en este instante. De las facultades que tenemos, de las posibilidades que están a nuestro alcance, de la historia del pasado y sus logros conseguidos paso a paso, enfocándonos. Ver lo que nos rodea con ojos nuevos, con ojos del presente.

Un saludable ejercicio.