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Conocí a una persona extraordinaria. Seguramente hay muchas personas extraordinarias pero no se conoce una todos los días. Es una señora de unos cuarenta y cinco años, llamada Rocío. Vive en las afueras afueras de la ciudad, en un lugar muy pobre, ella misma es muy pobre Habita en una casa alquilada extremadamente modesta.

Su actividad principal es recoger perros de la calle. Los alimenta, los asea, los hacer revisar por un veterinario, los educa para vivir en un hogar y luego busca padrinos que los adopten. Se ve que su pasión son los animales. Como no tiene dinero, todo lo hace con lo poco que junta vendiendo productos para perros y con donaciones de padrinos que la ayudan.

Seguramente hay mucha gente que hace la misma actividad, inclusive asociaciones de bien público que hacen lo mismo. Lo que me llamó la atención cuando la conocí y conocí su casa, es que lo hace desde la pobreza, desde el lugar de las personas que no tienen nada. Es feliz, porque hace lo que le gusta, lo que demuestra que siempre se puede ser feliz.

El día que la conocí estábamos hablando y me contaba algunos planes que tenía. Entre ellos estaba el ponerse luz eléctrica en su casa para poder tener aunque sea un foo y un televisor. Una de mis empresas fabrica e instala paneles solares, y por eso había llegado hasta mi. Ante mi pregunta casi obvia sobre cómo lo iba a hacer si no tenía dinero, se encogió de hombros y me contestó con absoluta naturalidad: “Cuando necesito el dinero, siempre aparece”. Tomé esa respuesta yo también con absoluta naturalidad, no tanto porque me pase a menudo, sino porque noté que a ella sí le pasaba a menudo.

Debía encontrarme con esa mujer para recordar algunas cosas. Conocerla me puso de frente a algunas situaciones y enseñanzas que quizá habia olvidado. Me despedí de ella y caminé por el jardin estropeado entre más de ochenta perros hasta la puerta. Pensé que hacer las cosas con dinero es fácil, muy fácil.

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