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El hecho de ser padres es quizás el mejor reflejo de una de las aristas de la Ciencia de Wattles: aquella de que debemos hacer las cosas bien siempre, sin importarnos lo que ocurra en el momento o la utilidad práctica que esto tenga a futuro. Cuando uno comienza a educar a sus hijos, tiene millones de incertidumbres acerca de los resultados del proceso. No sabe si lo está haciendo bien desde el punto de vista del resultado final, solamente puede saber si está inculcando valores, con la palabra y con el ejemplo, que son correctos. Pero el resultado final es la incertidumbre total.

Recuerdo que discutíamos con mi esposa, cuando mis hijos eran pequeños, acerca de mi absoluta seguridad de que serían buenas personas, y el miedo de ella de que en algún momento “se desviaran” del camino. La duda siempre la perseguía, ya que uno sabe o se entera de casos donde los niños que prometían mucho a futuro se terminaban convirtiendo en jóvenes descarriados, violentos, vagos o cosas peores.

Yo no sabía de dónde venía mi seguridad. No conocía a Wattles ni nada por el estilo. Solamente había algo muy profundo que me decía que estábamos actuando bien, dando buenos ejemplos, hablando lo justo y necesario, nunca demasiado, y teniendo un discurso coherente con nuestra forma de vida diaria, aún en los detalles.

Mis hijos ahora han pasado ambos los veinte años. Son buenas personas, educadas, honestas, bien formadas, cultas y sensibles. Hacer las cosas bien, sin importar lo que depare el futuro, sin preocuparse por las ventajas inmediatas sino por el beneficio del otro, dando siempre más de lo que se recibe, como dice Wattles, da resultado. No tengo dudas. Y mi esposa tampoco.