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El ser humano tiene una dificultad natural para abandonar el miedo. Miedo a que nos vaya mal, miedo a no poder abastecer a nuestra familia, miedo a fracasar, miedo a ser mal considerado por otros, miedo a no ser queridos, miedo a tantas cosas… La vida humana muchas veces se centra en el miedo. Trabajamos en una empresa por miedo a no poder prosperar con nuestro propio negocio. Y nos aferramos tanto a ese trabajo que admitimos que se nos trate mal, o que se nos discrimine, o que no se nos reconozca, por miedo a perder el trabajo. En fin, son tantos los miedos que acumulamos en nuestras vidas, que sería virtualmente imposible enumerarlos a todos.

El miedo se nos inculca desde pequeños, en muchos casos como una herramienta de defensa. Se le dice al niño que debe tener miedo de hablar con extraños o de andar solo por la calle, para protegerlo enseñándole los peligros de la vida moderna. Y eso está bien. Pero cuando crecemos podemos acotar perfectamente  las cosas a las que debemos temer y a cuales no tiene sentido temer.

Despojarse del miedo es el primer paso para crecer como criaturas divinas, poderosas.  Despojarse poco a poco del miedo significa empezar a ser libres, liberarnos de una carcel que muchas veces nos paraliza, nos anula como seres activos. O lo que es peor, nos quita oportunidades al no dejarnos aceptar opciones que nos llevarían a otro plano, tanto en lo personal, en lo profesional, o en lo que sea.

Una forma en la que he aprendido a detectar el miedo es la excusa. La excusa me permite ver claramente cuando estoy actuando por miedo. Pongamos un ejemplo: un amigo mío fundó hace poco una empresa de servicios. Al poco tiempo, casualmente, se le presentó la ocasión de representar localmente, en su ciudad, a una de las compañías más grandes del mundo en su rubro. Esta oportunidad, si se concretaba, significaba un salto cualitativo y cuantitativo enorme para su todavía pequeña empresa. Vino a contármelo excitadísimo, feliz, pero asustado por las responsabilidades que implicaba aceptar semejante desafío. Festejamos la oportunidad, pero en mi fuero íntimo sabía que la dejaría pasar. Al poco tiempo volvimos a encontrarnos y me contó que la oportunidad había pasado. Pero no me dijo que había tenido miedo de aceptarla, sino que se dedicó a poner excusas: que debía invertir mucho dinero, que no lo tenía, que no tenía personal preparado, que era un negocio de bajos márgenes de utilidad, que su esposa desconfiaba, que…. que…. que.

Cuando dejo pasar algo y me encuentro a mí mismo diciéndome excusas, la mayoría tontas, me doy cuenta que me ha derrotado el miedo. Es infalible. Y si hacemos un exámen meticuloso, veremos cómo son muchas, muchísimas las ocasiones cada día, cada día!, en las que actuamos de determinada manera sola y exclusivamente por miedo.

Pero, como vencer al miedo? Conozco una sola receta. Ya sea que uno crea en dios o crea en la sustancia omnipresente que todo lo cubre y que responde a nuestros pensamientos impregnados en ella, uno finalmente acepta que existe un poder infinito del cual uno procede, desciende. Si fijamos fuertemente nuestra atención en ese poder, veremos que es infinitamente bueno, dado que no admite la maldad ni en su expresión más inocente. Semejante custodio a nuestra disposición es un lujo y una protección que impedirá que nos pase algo verdaderamente malo. Lo que a los demás podría parecerles malo, nosotros sabemos que tiene un fin, un motivo, que deberemos aprender y superar, y lo aceptamos como tal.

Contactarse mentalmente con ese custodio, durante breves períodos cada ves más prolongados, hará que comencemos a conocerlo. Y ese conocimiento irá haciendo desaparecer el miedo. No puede haber un miedo permanente si tenemos todo ese poder a nuestro lado, de nuestro lado. La realidad adquirirá un brillo nuevo, especial. Las cosas se irán ordenando, y nuestro espíritu comenzará a aquietarse. Cuando nos damos cuenta de este fenómeno, tenemos que dar un último paso: conectar nuestra mente con nuestro espíritu para transmitirle exactamente la misma paz. Este proceso dura bastante tiempo, en mi experiencia, y puede que avance lentamente, pero es irreversible. Si lo abandonamos a mitad de camino, al menos habremos avanzado medio camino y estaremos mejor, de todas maneras.

Si uno pone adecuada atención, verá que inclusive las células de su cuerpo laten o tiemblan de miedo. Creen que exagero? Pruébenlo. Claro que no hay otra forma que salirse, sacarse el miedo de encima y ahí verán que cada molécula de su cuerpo se aquieta, se tranquiliza, adopta su estado perfectamente natural donde solamente vibra cuando hay alguna emoción extraordinaria o un milagro a punto de ocurrir. Pero nunca más por miedo.

Este es el proceso más importante que una persona puede desarrollar con su propia vida. Una vez eliminado el miedo, lo que queda es disfrutar de la propia divinidad. En cuanto a mí, estoy en pleno proceso.