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Quiero compartir una experiencia extremadamente personal, que me ocurrió el día de ayer. Sin embargo, no deseo contarles todo, sino solamente la parte importante. Es una experiencia que estoy seguro que va a marcar mi vida para siempre, por eso algunas cuestiones las quiero mantener solo para mí, reservadas.

Ocurrió que, como muchas veces antes, ayer amanecí con una crisis de fe en mi mismo. Si, así como se lee. Me desperté nervioso, intranquilo. Deambulaba de un lado a otro sin saber qué hacer, estaba molesto pero no sabía bien por qué. No había ocurrido nada el día anterior que me hiciera sentir así, no tenía grandes preocupaciones. Intenté sentarme a escribir, pero me costaba demasiado. Elegí publicar algunos escritos que ya tenía, no podía pensar. Sentía que algo andaba mal. De repente percibí que, si no hacía algo, las cosas iban a empeorar y me sentiría aún peor.

Tomé mi cuaderno de notas y decidí investigar sobre el pasaje del evangelio donde Jesús termina diciendo “Dad al Cesar lo que es del Cesar y dad a Dios lo que es de Dios”. Es la parábola de los denarios, así la llaman. Siempre me intrigó por la moraleja, que no parece cuadrar, y tengo por costumbre en los momentos difíciles dedicarme a las cosas difíciles. Copié esa anécdota del Evangelio y me puse a escribir. Terminé el post, listo para ser publicado, pero mi alma seguía intranquila, como que algo muy duro y muy profundo me molestaba. Pensé en salir a caminar pero me dio pereza. Pensé en escribir sobre otra cosa, revisé mi cuaderno, pero nada surgía. De repente comencé a sentirme enojado con todo, las cosas no estaban bien, y fatalmente comencé a dudar de mí.

Llegó el mediodía, almorcé y descansé un rato, sin poder permanecer quieto. Nuevamente me senté a mi mesa de escribir, y finalmente exploté en rabia y en una desesperación que ni siquiera sabía de dónde venía. Angustiado hasta casi las lágrimas, le pedí a Jesús una prueba, una señal, algo que me dijera que debía creer en El. Nunca lo había hecho, al menos no con esa furia. Cuando me tranquilicé un poco, comencé a caminar por toda la casa, buscando algo en que distraerme. La televisión me aburre la mayor parte de las veces, entonces pensé en salir a la calle, pero hacía mucho frío. Seguía dando vueltas en mi cabeza mi pedido de una señal, pero ya lo estaba olvidando, convencido de que nunca llegaría.

Y de repente la señal llegó. No les diré en que forma, ni cómo. Solo puedo decir que fue una señal inconfundible, palpable, que se puede tocar y que no se puede deber ni a la causalidad ni a mi intención. Al comienzo no lo noté, pero tras unos breves instantes, me dí cuenta de que era Jesús el que me estaba diciendo “aquí tienes la prueba de que soy yo”. No quiero dar los detalles porque eso confundiría a muchos y porque además no es lo importante. Lo verdaderamente importante es que Jesús te escucha, y si se lo pides con fe firme, te mostrará que es el, el Unico.

A los que tengan la paciencia de leer esto, les pido disculpas por no divulgar los detalles, quizás algún día lo haga, pero les ruego que me crean. Qué sentido tendría inventarme esta historia, si además no doy los detalles. Les ruego que no duden un minuto, Jesús está al lado nuestro y escucha nuestras oraciones.

Nota al pie: Para los que siguen este blog, quiero decirles que la existencia de dios no va en contra de las enseñanzas de Wallace Wattles. Si lo piensan un minuto, verán que es así. Ese tema será tema de otro post, pero me gustaría que dejaran sus reflexiones en los comentarios.