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Siguiendo con el tema del post anterior. Nos molesta el que se esfuerza como desesperado por llegar a una meta que quizas no existe y nos molesta el que pierde su tiempo vegetando en un trabajo rutinario. Pero eso no es todo: la enorme mayoría de nosotros, sino todos, nos volveríamos locos si pudiéramos ir a una isla y alguien nos asegurara comida y descanso las 24 horas del dia. Posiblemente no aguantáramos más de una semana.

Eso explica por que en los últimos años se han acabado las vacaciones familiares de tres o cuatro semanas y preferimos tomarnos tres vacaciones al año de una semana cada una. No soportamos estar sin hacer algo, preocupados por algo. Nerviosos por algo.

La conclusión evidente es que no estamos en paz con nosotros mismos. Obviamente tampoco con el resto del mundo, pero eso se deriva de nuestra falta de paz interna. Por eso nos molestan los trabajólicos y nos molestan los vagos. Nos incomoda el ruido y la tensión diaria y el estrés, pero nos incomoda más estar una semana viendo el cielo tirados en la playa.

Ahora bien: como se logra la paz interior? Bueno, como toda paz, es un proceso. No es un estado, es un proceso lento y a veces tedioso, que parece no terminar nunca. Y de hecho no termina nunca, salvo cuando dormimos para siempre. Ese proceso puede ser acelerado si contamos con otro ingrediente infaltable de cualquier proceso de paz, el diálogo. Diálogo con nosotros mismos, por un lado, y un sutil diálogo con nuestro entorno.

Me explico. Por un lado uno debe dialogar con sí mismo, casi a diario, para negociar con uno mismo las cosas que le gustan, como evitar las que no, o en todo caso como esquivarlas, como reaccionar ante lo imprevisto, etc. Ese diálogo precioso, por momentos parecerá que tiene como testigo a dios, silencioso, observando. Ese diálogo nos enseñará, si estamos abiertos a aprender, las cosas que menos nos gustan de nosotros mismos. Quizás en este punto no sea importante tomar nota de todas esas cosas, pero sí aprender a observar cuando estamos en paz y cuando no. De ese modo, aprendemos a gobernar nuestro subconsciente y luego de un tiempo podemos indicarle como entrar en estado de paz.

Yo llevo dialogando conmigo mismo más de siete años, y he hecho algunos progresos significativos.

Pero, como dije antes, es necesario también una sutil, muy suave, diligencia de negociación con el entorno. Me refiero a familia, amigos, parientes, compañeros de trabajo e incluso adversarios si los hubiera. Ese intercambio de bajo perfil debe mostrarles a nuestros vecinos, los que nos rodean, como nos gusta vivir. Como aceptamos su entromisión, en breves cuotas, en pequeños momentos. Como deben dejarnos en paz cuando las cosas no andan del todo bien, o como necesitamos su ayuda, su apoyo en esos momentos.

Debe ser un dialogo en “voz baja”, muy suave. No deben notar que lo hacemos, deben aceptarlo como es, no debe ser una imposición a gritos sino un suave susurro.

De esta forma podemos aspirar a llegar a la paz. Una vez ahí, el mundo solo se acomodará a nuestro alrededor, y ya nada nos parecerá desacomodado,absurdamente disonante. Aprenderemos a comprender al que se vuelve loco por su trabajo y al que haraganea delante nuestro. Claro que veremos injusticia y reaccionaremos a ella. Pero no desde el enojo y el disconformismo, no desde la postura de que el que no piensa como yo está perdido y se quemará en el infierno. Sino desde el lado del que sabe que hay cosas que no están bien y deben ser cambiadas. Desde el lado de la absoluta comprensión de que las cosas son de un modo que permite cambiarlas, mejorarlas y de que, si no fuera así, nuestra vida no tendría mucho sentido. Ese proceso de paz es largo, así que cuanto antes empieces, mejor.

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