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Cada ser humano tiene algo de sagrado en su interior. Es una pequeña llama que es intocable y muy difícil de explicar con palabras que siempre sonarán huecas en ese caso. Esa pequeña luz sagrada, y digo pequeña por que parece imperceptible a simple vista, es la diferencia entre la vida consciente y la muerte.

Dentro o alrededor de esa pequeña llama sagrada, se encuentran hechos, recuerdos o sentimientos que son sagrados también, y que no pueden ser compartidos. Ahí viven o se guardan, no se bien, aquellas cosas que muchas veces nos maravillan de las personas. Alguna vez nos pasó que, sin darse cuenta, alguien nos sorprendió con un gesto inesperado? Quizás una pequeña palabra o una mirada de aliento?

Ese fuego sagrado debe mantenerse así, sagrado. Hay que visitarlo en silencio, muy despacio, para que no nos esquive o nos haga confundir. No se puede tomarlo y compartirlo, sino apenas mirarlo en silencio dentro nuestro o dentro de los otros, aguzando la percepción para encontrarlo. No se puede tomarlo, porque se va a otro lado, se escapa.