La Mente Errante


Aquellas personas que deciden emprender un curso de meditación, por iniciativa propia o por consejo ajeno, pronto se topan con una sorpresa desagradable. Es, quizás, la mejor enseñanza que deja la práctica de la meditación, además de la meditación misma, por supuesto. Y es lo que más nos impacta en un comienzo, porque nos lo han dicho y no lo hemos creído hasta que verdaderamente lo vivimos en experiencia propia.

Se trata de la dificultad gigantesca de la mente humana de mantenerse enfocada. La primera lección de cualquier curso de meditación es enfocarse en un pensamiento, en un objeto, en cualquier cosa, durante un tiempo prudencial hasta que todas las otras sensaciones o impactos sobre la mente y sobre el cuerpo desaparecen. Parece simple, pero es virtualmente una tarea ciclópea. Una y otra vez  nos enfocamos en ese dichoso objeto que hemos elegido, y a los pocos instantes nos damos cuenta que nuestra propia mente guió nuestros pensamientos fuera del objeto, a cualquier otra cosa o a muchas al mismo tiempo.

La mente viaja, erra, deambula, deriva, se fija en detalles, se mueve. Es como un tigre encerrado en una jaula que no para de moverse de un lado al otro, sin seguir ningún patrón fijo, sin un recorrido preestablecido. Podría pensarse que nuestras neuronas se mueven como las burbujas en el agua hirviendo, y que cada una de esas burbujas es una nueva imagen que se nos genera en el cerebro.

Es posible que las neurociencias descubran pronto, si no lo han hecho ya, a que se debe este movimiento permanente de la mente humana que no puede estar quieta y posada sobre un solo pensamiento más de unos instantes.

Por supuesto, como muchos músculos que se dominan, esto puede controlarse con mucho ejercicio, mucha paciencia, mucho trabajo arduo y cansador. Que obtenemos cuando lo controlamos? Basicamente, según yo entiendo, la mente descansa, se apaga. Ese descanso parece que nos permite muchas cosas. Mayor lucidez mental cuando estamos en estado “normal”, mayor profundidad de pensamiento, mejor entendimiento, entre otras cosas.

Pero quizás nos permita también mayor conexión, o una conexión más íntima, entre la mente consciente y el espíritu. Esa ligazón que, a la luz del día, parece que no se ve. Parecería que el espíritu, ya sea el nuestro o el universal, no tengo claro esto, está alejado de la mente consciente cuando estamos despiertos. En otros estados de la mente, por ejemplo cuando dormimos, ocurren contactos acaso intempestivos y temporales. Por ejemplo, yo nunca recuerdo los sueños, pero la noche antes del día que eligieron al Papa Francisco, recordé lo que había soñado. Y había soñado con un Papa, que estaba conmigo, aunque yo no sabía el nombre ni lo veía.

Es posible que nuestra mente no pueda conectarse permanentemente y establemente con el espíritu por esa deriva constante, esa agitación que no nos deja fijarnos en un punto, detener el movimiento. De todos modos, la calidad de la vida aumenta con esta práctica, nos sentimos mejor, y eso solo ya vale la pena el esfuerzo.

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2 comentarios sobre “La Mente Errante

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