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Necesitamos ser ricos?. Deseamos ser ricos? Adoramos ser ricos? Nos desespera lograr riqueza y abundancia? Nos enloquecemos por ser ricos? Todas estas preguntas llevan a una sola respuesta.

La primera impresión que uno se lleva cuando comienza a leer La Ciencia de Hacerse Rico es lo que el autor dice respecto de la riqueza. En los primeros párrafos se despliegan de variadas maneras todos los argumentos que hacen a desmistificar la riqueza o al menos el concepto que tenemos de ella. Una y otra vez se insiste con lo mismo desde ángulos diferentes, repicando una y otra vez en el mismo sentido.

Esto que podría parecer exagerado tiene un propósito muy claro en los escritos de Wattles. Al menos en los países de américa, desde Canadá hasta Argentina, siempre la sociedad ha visto a los ricos con recelo. En parte por haber sufrido mucho la pobreza y aún estar viéndola a diario. Otros por vivir en un continente que, tanto en el norte como en el sur, se ha poblado de personas que llegaban huyendo de la pobreza del viejo continente y deseosos de hacerse un futuro, y rápido. Y todo esto exacerbado por la poca cultura y sensibilidad social de las clases pudientes, que contribuyeron a generar ese recelo contra los que hubieran hecho riquezas.

Si Wattles iba a escribir un libro sobre como hacerse rico, lo primero que debía lograr era desterrar ese recelo contra los ricos, que campea en la mente de los que están buscando llegar al mismo punto. Esos que lo leyeron en su época eran personas que miraban con mucha desconfianza a los poderosos de turno.

Lo que Wattles dice respecto de la riqueza y la pobreza en esos primeros párrafos es algo digno de una verdad de Perogrullo. Que nadie puede vivir plenamente sin tener los medios necesarios para hacerlo, es una verdad indiscutible. Que nadie puede sentir su vida realizada en el medio de la pobreza o el hambre es también algo que no tiene discusión evidentemente. Finalmente lo dice con todas las letras claramente: No hay nada malo con querer volverse rico.

Esta teoría, que podríamos llamar de la Abundancia Necesaria, quizás no nos aporte nada nuevo. Pero sí contribuye a dos efectos: en primer lugar a sincerar nuestras ambiciones más profundas, lo que es un paso imprescindible para luego poder desear la riqueza sin la culpa moral que es tan habitual en nuestras sociedades pacatas. En segundo lugar, brinda un marco teórico bastante aceptable para ver a la ambición de riqueza como algo positivo, deseable, sano.

En la sociedad en la que vivimos en Sudamérica, hay no pocos ricos que ocultan su riqueza bajo un pretexto de sobriedad o de aparente desinterés. No son pocos. Son los que tienen un conflicto con su propia riqueza. A veces ese conflicto es igual o más perjudicial que el que sufre de una ambición desmedida o el que simula una riqueza que no tiene.

El sinceramiento de la ambición es, al menos en nuestra sociedad motorizada por el consumo, una actitud razonable y recomendable. Sería muy bueno que la sociedad vaya acostumbrándose cada vez más a esta actitud, y que se fomente a todo nivel. Esta clase de sociedad, que en lo económico está guiada por la iniciativa y la creatividad, necesita que haya más ambiciosos. Lo contrario, es reprimir un sentimiento natural, válido, y cuyo ocultamiento vergonzoso solamente da lugar a mentiras, trampas y fracasos.