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Mi vida siempre estuvo acostumbrada a los milagros. He relatado varios aquí en este mismo blog. Siempre ha sido para mí una constante que cada cierto tiempo me ocurran cosas que no son explicables por la lógica, por la casualidad o por la ciencia. Pero debo decir que, desde un tiempo a esta parte, la frecuencia de los milagros se ha incrementado.

No se trata siempre de milagros grandes, aunque el último que relaté hace unos días puede calificarse así. Pero hay varios pequeños, dicho esto sin saber si es apropiado el término. En todo caso, en casi todos los casos, estos milagros tienen relación con las enseñanzas de Wattles, dado que siempre está de por medio el pensar de cierto modo y el actuar de cierto modo.

Relataré el último, que me ocurrió precisamente ayer. Para que se entienda mejor, tengo que hacer algunos comentarios para introducir el hecho.

Todos tenemos algo en la mente que creemos imposible. Es algo que creemos que nunca sucederá, o que al menos debería ocurrir un milagro, justamente, para que suceda. Aún los seguidores más fervientes y entrenados de las enseñanzas de Wallace Wattles creen que algo, alguna cosa que les gustaría que sucediera, es prácticamente imposible que la vean ocurrir. Puede ser un hecho, un negocio, una situación, conocer a una persona determinada, visitar un lugar inaccesible para uno, recibir una propuesta sentimental, comercial, laboral, lo que sea. Siempre hay algo que creemos imposible, aunque pensemos, como WW, que no hay nada imposible.

Yo no soy la excepción a eso. Esta vez, como la anterior, tampoco voy a dar detalles concretos por la misma razón de siempre. Cuando se dan detalles, las personas que leen el hecho tienden a confundir lo relevante (el milagro) con lo accesorio (el hecho considerado milagroso) y sacan conclusiones apresuradas engañados por la inmediatez o la cotidianeidad del suceso o por lo pedestre que pueda considerarse. En otros casos, el hecho concreto en sí engaña, porque a ciertas personas puede parecerles común o muy probable.

Lo concreto es que yo deseaba que algo ocurriera, un llamado muy importante para mí porque condicionaba casi todo lo que yo deseaba, pero era consciente de que era extremadamente poco probable que sucediera. Era algo que deseé durante mucho tiempo que me ocurriera. A tal punto era importante para mí, que puedo decir que casi toda mi vida futura iba a estar condicionada por ese hecho.

A su vez, yo debía decidir hacer algunas cosas, y en forma algo caprichosa las había hecho depender de que recibiera este llamado o no.  Las había postergado durante mucho tiempo a la espera de este llamado, pero nunca ocurría. Finalmente decidí hacer lo que debería haber hecho mucho antes, y pensé: si esto es bueno para mí, va a ocurrir, pero yo voy a hacer lo que tengo que hacer independientemente de que lo que deseo ocurra o no.

No lo pensé en realidad, lo sentí con una profundidad que podría denominar violenta. Ahora pienso que tal vez no fui yo, sino alguien que me lo dijo con una intensidad tal que creía que yo lo pensaba por mí mismo. Un deseo y un pensamiento expresado desde casi la violencia, desde algo similar al enojo. No son precisas las palabras, no estaba enojado, sino que una fuerza muy dura y muy profunda me hizo decir, casi en voz alta y en un impulso, “yo haré mi camino, las cosas se acomodarán si mi camino es bueno para mí”.

Que ocurrió? Al día siguiente recibí el llamado que había esperado por años!

Mis piernas se aflojaron, mis sentidos se nublaron al escuchar esa voz en el teléfono, a tal punto que no podía contestar articuladamente, casi balbuceaba. El resto es anécdota. Mi vida está cambiando una vez más gracias a las fuerzas que se desatan cuando sabemos como hacerlo.