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A veces se me ocurre que la vida está conformada con momentos que son pequeños milagros cada uno de ellos. Cosas que muchas veces no vemos o preferimos no ver, por su simpleza, pero que en realidad distan mucho de ser cosas comunes. En el trabajo me pasa todo el tiempo. Voy a contar otro pequeño milagro que ocurrió días pasados.

A lo largo de mi vida he creado varias empresas. Varias desaparecieron, pero las que creé después de 2007, todas sobrevivieron y gozan de excelente salud, es decir generan dinero. En el año 2007 fue cuando conocí a Wattles, y las cuatro empresas que fundé fueron bajo su inspiración. Alguna vez lo he comentado en el blog, y alguien comenzó con las preguntas tontas, entonces dejé de comentarlo y de hablar de mis negocios.

Comento esto porque la semana pasada me llamaron de una de las empresas porque había una crisis. Un producto no estaba terminado adecuadamente y estábamos perdiendo un contrato muy importante que resintiría todo el balance del año y probablemente nos obligaría a reducir personal. Era una crisis seria. El gerente quería tener una video conferencia conmigo en forma urgente, quizás para disculparse, quizás para que yo le diera una solución, cosa que obviamente yo no tenía y no me interesaba tener.

Me llamaron de todas las formas posibles, pero no dejé que me encontraran. Sentía que debía hacer algo antes de hablar con ellos. No quería exponerme inútilmente, pero más allá de eso, sentía la sensación de que mi lugar no estaba con las personas que estaban en medio de la crisis, con su desesperación y con la falta de ideas que ocurren en esos casos, sino que mi lugar estaba en otro lado. Pero no sabía donde. El cliente estaba por reclamar su pedido y nosotros no podíamos terminarlo.

Entonces me encerré en mi cuarto. Sentía unas ganas enormes de meditar, de concentrarme en mí mismo. Comencé pensando en cómo habíamos iniciado esa empresa, qué cosas buscábamos crear, qué sueños queríamos cumplir y hasta adónde habíamos llegado. Fue tan vívida la impresión de sentir que estaba en esas oficinas, y no en mi cuarto, que parecía estar viviendo la desesperación de las personas que estaban ahí. Al cabo de unos minutos sentí cierta paz, que fue volviéndose más natural y más lógica, al menos eso sentía yo. Cuando terminé, abrí los ojos y escuché de nuevo el teléfono.

Era el gerente para decirme que el cliente había llamado y que, por una cuestión interna, querían que postergáramos la entrega del producto. Pagarían lo realizado y reprogramaríamos la entrega y el pago del resto. El pequeño milagro se había realizado.

Es claro que yo no me fui a meditar pensando en hacer un milagro. Es claro que yo no hice ningún milagro. Simplemente, en lugar de sumergirme en la desesperación general y comenzar a discutir posibles soluciones imposibles, elegí escuchar a mi corazón y hacer lo que éste me decía. En todo caso mi único mérito fue una modesta valentía. El resto es Wattles y el propósito de resolver el problema, aunque no lo resolviera yo.

Por supuesto la solución tampoco fue perfecta. La reprogramación de la entrega generó otras complicaciones no menores, contables e impositivas, que las solucionaron gracias a que poseen facturación electrónica y un software de Clickbalance, a quienes agradezco por evitar otra crisis. Pero esos problemas ya eran internos y no con un cliente que nos podría haber perjudicado sobremanera.

Mi conclusión es que, si uno está atento a lo que pasa en su interior durante una crisis, y no se deja llevar por el clima general de preocupación y estrés, puede ver más lejos que lo que ve la mayoría de las personas. Por supuesto que no es fácil, sino lo haría todo el mundo y el planeta sería un paraíso. Ese “ver más lejos” no significa otra cosa más que sentir que el universo no está contra nosotros, sino que las cosas ocurren y así como ocurren las negativas, sobre ellas pueden volcarse las positivas. Es sólo cuestión de estar atento y escuchar(se).

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