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Cuando nos enfrentamos a una disyuntiva, hacer o no hacer, hacer esto o hacer lo otro, habitualmente pensamos e imaginamos qué consecuencias tendrá cada decisión. Es decir, tomamos la decisión que pensamos que nos traerá más beneficios o que nos servirá para nuestro propósito.

A la par de las consecuencias, también medimos o calculamos una serie de otras  cuestiones, como por ejemplo qué pensarán las personas a nuestro alrededor, qué consecuencias indirectas tendrá tal o cual opción a tomar, etc. etc. Pero sobre todo tomamos decisiones para estar mejor, y fundamentalmente guiados por aquello que queremos alcanzar. Pero nos olvidamos de un elemento muy importante y que casi nunca consideramos.

Ese elemento es la convicción propia, para darle un nombre sencillo. Cuando elegimos entre A o B, casi nunca pensamos en cual de las dos opciones nos sentiremos más confiados, una vez tomada la decisión, de obtener el éxito deseado y programado. Como somos seres humanos, tenemos consciencia, y como tenemos consciencia, dudamos. Dudamos de casi todo, y mucho más dudamos de nosotros mismos. Ese es el elemento que más veces encontraremos detrás de nuestros fracasos: la duda. Si fuéramos capaces de actuar sin la más mínima sombra de duda, alcanzaríamos siempre nuestros propósitos.

En general, una vez tomada la decisión, el primer impulso es hacer todo cuanto está a nuestro alcance para que la decisión termine demostrando que fue correcta para avanzar hacia nuestra meta final. Y así lo hacemos. Pero a medida que se presentan las dificultades, comenzamos a dudar, comenzamos a pensar en que nuestras fuerzas o nuestras capacidades no son lo suficientemente poderosas para alcanzar el objetivo. Y es esa duda la que va cimentando nuestros fracasos poco a poco, hasta que finalmente llegamos a la conclusión de que hemos fallado.

Una forma de cambiar esto sería, en el momento de tomar la decisión y junto a todos los otros elementos que consideramos para hacerlo, considerar cuán firmes nos sentiremos a nosotros mismos con la decisión que tomaremos en un caso o en el otro. Y tomar aquel camino que nos garantice que seremos más fuertes a la hora de confiar en nosotros, cuando aparezcan las primeras dificultades. De ese modo, aumentaremos significativamente nuestras posibilidades de éxito, sea cual sea la decisión que tomemos. Y obviamente ese éxito irá solidificando nuestra confianza en nosotros mismos para las próximas decisiones que nos toque tomar.

Imaginarnos el día después de haber elegido A y el día después de haber elegido B, y ver en cual escenario nuestra confianza, nuestra seguridad en nosotros mismos y nuestra certeza de obtener el propósito deseado, es un mecanismo muy poderoso para asegurar que nuestras decisiones nos lleven un paso más cerca del punto allá, donde finalmente queremos llegar.