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th (3)Todos los humanos, o casi, nos planteamos en algún momento de nuestras vidas la pregunta de saber qué o quién es Dios. A la inmensa mayoría de nosotros esa pregunta nos persigue una y otra vez, recurrentemente, a lo largo de toda nuestras vidas. Y muchos de nosotros terminamos nuestra vida sin conocer la respuesta. O al menos sin convencernos verdaderamente, íntimamente, de la veracidad de alguna de las respuestas que hemos ido obteniendo a lo largo del paso del tiempo. Y eso nos llena de inquietud y de una visceral angustia que permea todo nuestros actos.

He creído descubrir un mecanismo para comenzar a salir de ese atolladero. Consiste en preguntarnos Qué no es Dios? en lugar de intentar averiguar qué es. Es más sencillo examinar una a una nuestras diferentes ideas acerca de Dios y descubrir los motivos por los cuales no creemos que esa representación dada se aproxime a la realidad.

Por supuesto no soy original en esto. Wayne Dyer lo hizo antes que yo. El mira nuestro concepto “oficial” y católico de dios, y lo examina buscando una veracidad plausible. A continuación trascribo su visión desde uno de sus últimos libros denominado Construye tu Destino.

En la visión mecanicista de la naturaleza, todo es un artefacto hecho por un jefe que tiene muchos nombres diferentes. En la visión occidental, a ese jefe se le llama Dios.

Este Dios es representado a menudo como un ser masculino de barba blanca, que habita en el cielo y crea el mundo natural. En esta teoría, el mundo es un constructo y Dios el constructor. El Dios bíblico es paternal, autoritario, benéfico y, en muchos aspectos, tiránico.

Sigue la pista de todas las cosas y conoce con exactitud lo que hace todo el mundo, y cuándo se transgreden sus leyes.

Uno de los aspectos operativos de esta teoría de la naturaleza es la idea del castigo por los propios pecados. Este Dios/padre nos pide cuentas por las transgresiones, juzgadas por varios intérpretes de sus leyes que han afirmado, a través de la historia, tener acceso a lo divino. Esencialmente, el universo es una monarquía en la que Dios es el rey y nosotros los súbditos. Se considera que todos los súbditos nacen con la mancha del pecado como parte de su naturaleza y, en consecuencia, no son dignos de confianza.

Esta teoría de la naturaleza hace que mucha gente se sienta enajenada, fomentando así la opinión de que estamos separados del jefe. Cuanto más separados nos sentimos de este Dios, tanto más percibimos la necesidad de crear alguna forma de sentirnos valiosos. Así pues, creamos la idea de nuestra importancia basándonos en elementos externos a los que llamamos «ego».

En último término, la dependencia del ego conduce a una mayor separación en la medida en que la vida se convierte en una contienda y una competencia con otros que nosotros mismos hemos designado. Pero la sensación de enajenación se ve parcialmente apaciguada por la actitud, dirigida por el ego, de «nosotros contra ellos». Se categoriza y se evalúa a la gente sobre la base de lo «egonómico», que incluye aspecto, tradición, lenguaje y características físicas.

Estoy convencido de que lo más preocupante de esta teoría de la naturaleza es el impacto que tiene sobre nuestra capacidad para movernos desde la seguridad que da confiar en uno mismo. Una vez que alguien se ha convencido de no ser digno, de ser básicamente un pecador, está perdido. Si no se es digno, ¿cómo puede uno pensar que lo es? No puede.

Todo se halla sujeto a duda cuando Dios es un jefe vengativo. Eso conduce a la confusión de dudar de todo, porque nuestras opiniones, sentimientos y convicciones no son dignas. En este marco, no se puede mantener siquiera la confianza en Dios, debido a la desconfianza hacia nosotros mismos. Y no confiar en ese Dios puede suponer el transgredir una de sus leyes. Es una situación sin salida.

Esta teoría de la indignidad de la naturaleza, por popular que sea, es absolutamente incompatible con el segundo principio de la manifestación. No se puede sintonizar con el poder y la energía del universo para crear y atraer una vida abundante si esa energía y ese poder radican fuera de uno mismo.