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th444Imaginemos un dios sentado en un trono que nos mira, nos juzga y nos castiga o nos premia de acuerdo a las leyes que él mismo ha creado. O quizás podríamos ser menos duros e imaginar un dios que nos alienta, que nos incentiva a hacer cosas buenas, que nos da piedad en la religión y que nos incita a la caridad. Es un dios que va cambiando de opiniones y gustos, ya que las culturas se van modificando y adaptando y el bien y el mal van cambiando con las eras. En cualquier caso estamos imaginando un dios que es otro, que esta fuera de nosotros mismos, que nos observa como quien mira a un conejillo de indias que gira y gira sobre su rueda de alambre. Un dios observador.

Ese dios, ajeno a nosotros mismos, debe ser adivinado, interpretado, traducido. Seguramente habrá personas más iluminadas que otras que nos dirán qué es lo que realmente quiere hoy el dios observador. Recibirán su inspiración y nos harán de intérpretes de su voluntad. Deberemos seguir fielmente los designios, traducidos por sus ministros, de ese dios observador. Será un dios interpretado.

Cuando hayamos desviado nuestra conducta de esos designios, deberemos recurrir a los intérpretes para que intercedan, para pedirle perdón a nuestro dios. Mostraremos arrepentimiento y prometeremos no volver a fallar, para obtener nuevamente su bendición y poder continuar el camino. De lo contrario, moraremos indefinidamente apartados de la gracia de ese dios, que ni siquiera se volverá a vernos. Nos ignorará. Será un dios vengativo y cruel, al menos hasta poder chequear que nuestro arrepentimiento sea verdadero. Calculará si nuestro deseo de dios es del tamaño de nuestras fallas. Si es más pequeño, nos dejará definitivamente en el camino.

Con un dios semejante, infinitamente poderoso y misterioso, cómo podremos saber qué es lo que piensa o desea? Deberemos, pobres ignorantes, atender a sus señales equívocas y difíciles. Acaso de tan poderoso que es no puede entendernos, porque ni siquiera sabemos balbucear su nombre correctamente. Está muy lejos, muy alto.

Todo lo relatado hasta aquí nos habla de un dios separado. Un dios que creó sus hijos y los largó a la intemperie, para examinar como se comportan. Esa separación ha hecho que experimentemos el abandono y, consecuentemente, la necesidad de valernos por nosotros mismos. Debemos equiparnos con un instinto animal, un ego grande y egoísta, que nos permita sobrevivir en este valle de lágrimas a todos los peligros y tentaciones. Hemos sido abandonados. Y siempre estamos siendo observados a la distancia. Nuestro padre, de amor infinito, se apartó de nosotros y nos prueba constantemente a ver si podemos retornar nosotros a él, si podemos volver a casa.

No  me gusta ese dios.