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images (1)En el catecismo nos hablan de un dios separado, ajeno, hasta cierto punto juez y parte, que no vemos pero sí nos ve y nos juzga. Y al mismo tiempo nos dicen que está en nosotros, que estamos hechos a su imagen como si pudiera tener una. Y crecemos creyendo en ese dios exterior, aislado.

Cuando lo pensamos (y lo sentimos) un poco, nos damos cuenta que si dios es infinito no puede haber ninguna cosa que no tenga algo de él. Y mucho menos las criaturas que creó. Pero las piedras, los ríos, las estrellas y los árboles, todo lo que vemos debe tener un rastro de su creador. Entonces caemos en la cuenta que no hay motivo ni razón suficiente para que ese dios no esté en todos y en todo. Y es ahí donde cambiamos nuestra mente, nuestra visión y, sobre todo, nuestro corazón.

Es mucho más simple y bello un dios que lo inunda todo con su amor. Que no deja ni una espiga de trigo sin tener su rastro, su belleza, su condición perfecta. De repente nos damos cuenta que la semilla contiene al árbol, porque de otra manera no podría surgir de ella. Pero quién ordena a la semilla enterrarse y germinar? Nadie. Tiene dentro de sí el espíritu divino que le ordena: siempre más vida, siempre crecer, siempre deberás germinar y luego morir para que tu ser se convierta en otra cosa, más grande, cada vez más sabia.

Eso que llamamos instinto de supervivencia, instinto de procreación y de mantenimiento de la vida, es un soplo divino que viene con todas las cosas, de lo contrario nada podría dar frutos, ninguna cosa por sí sola podría desarrollarse.

Y aquí viene la mayor revelación: si dios está en todas las cosas y en nosotros, está por lo tanto en todos nosotros. Todos tenemos su mismo impulso divino de ascensión, de elevación, de crecimiento. Pero todos. Los que nos dañan también, los que no nos quieren, los que nos usan, los que nos desprecian. Hasta aquellos a los que no vemos, que no percibimos a diario. Los que nos gobiernan, los que nos dirigen. Es un concepto de hermandad pero no a partir de la filantropía o la caridad piadosa, sino desde la hermandad que nos da poseer todos y cada uno una porción de ese dios.

Así como un vaso de agua de mar no es el océano, cada uno de nosotros tiene esa porción de dios. Todos juntos hacemos el mar, pero ninguno de nosotros somos el mar aunque estamos hechos de la misma agua que él. Si lo pensáramos un poco, o mejor, si lo sintiéramos desde el corazón, podríamos cambiar la vida de todos los días. La nuestra y la de todos.

Y al mismo tiempo, saber que tenemos dentro nuestro un poco de dios, y que si navegamos dentro de ese pequeño vaso podremos hacerlo crecer algún día, nos dice que nuestra vida depende de nosotros mismos. Y de nadie más. Solamente cuidando y acariciando ese pequeño vaso de agua de mar podremos dirigir nuestro destino hacia más vida, más creación y más felicidad.