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thvvvvvvNacemos con la sensación grabada a fuego en nuestro espíritu de que estamos separados. Separados de qué? Separados de todo. Somos náufragos desvalidos que fuimos abandonados en una isla de carne y sangre, nuestro cuerpo.

Nacemos separados en primer lugar de dios, de la fuente creadora y perfecta que todo lo inunda, todo lo ama y todo conoce. Y durante las décadas que dura nuestra vida nos pasamos tratando de entender el enigma de dios, buscando una imagen de él que sea aceptable para nosotros, que cumpla con la lógica de nuestro cerebro y de las leyes físicas, que sea posible.

También nacemos sintiéndonos separados del resto de nosotros, los humanos. Como si no fuéramos todos gotas del mismo mar, nos creemos distintos y superiores al resto. Ellos son un peligro para nosotros, nos pueden quitar los bienes escasos que hay a nuestro alrededor. O peor aún, nos pueden dañar, tanto si nos odian como si nos aman.

Y nacemos sintiendo esa separación por el entorno, por la naturaleza. Sentimos que es una casa extraña y que estamos de visita. Si la dejamos un poco sucia o un poco maltratada no importa, no estaremos para ver el desenlace. Alguien la ordenará por nosotros.

Pero en la realidad, y aunque nos cueste un poco de trabajo percibirlo, no estamos separados de nada. Ni siquiera un poco alejados. Todo lo que nos pasa es producto de que somos uno con dios, con lo externo a nosotros, con los otros humanos y con la naturaleza. No hay nada que podamos hacer para negar esta realidad.

Nacemos unidos a todo y comunicados con todo. Solamente nuestra educación nos prepara para vivir aislados, y nos hace perder de vista la unicidad que hay en todo. Si comprendemos bien, si tenemos sensibilidad para ver el entorno, veremos que somos una misma cosa con todos los otros humanos. Todos hijos del mismo padre. Lo que le pasa al resto nos pasa a nosotros en alguna medida. Pretendemos la separación para no hacernos cargo, pero nada de lo bueno y lo malo de la humanidad nos es ajeno.

Y si miramos las cosas que tenemos a nuestro alrededor, todas compuestas de los mismos átomos que nosotros, la misma energía, los mismos ciclos de crecimiento, maduración y decaimiento, es evidente que no podemos estar separados de “eso”. Tenemos que concluir que existe una energía que lo conforma todo y lo envuelve todo, que impulsa la vida, que es el motor del desarrollo de todas las cosas, que mantiene a los planetas girando y a las semillas germinando una tras otra.

Y que nosotros somos parte de la misma energía, como no podría ser de otra manera. No vinimos de otro universo. No hemos sido trasplantados a éste. Cuando decimos la frase usual de “traer un bebé al mundo”, estamos inconscientemente mintiendo. Nace del mundo, no lo traemos a él. De dónde lo traeríamos? Nace de nosotros, de nuestra propia energía, de esa maravillosa fuente de la cual todos tomamos nuestro impulso.

Sintonizarnos con esa fuente, aparearnos a ella, percibirla en cada músculo, en cada suspiro de nuestros pulmones, nos acerca a la fuente infinita que nunca se acaba. Cuando logramos esa comunión podemos sentir que cada cosa que hacemos es mágica. Somos mágicos porque somos parte del mismo misterio de la creación. Hemos evolucionado, pero salimos todos de la misma energía del árbol, de la misma que mueve las olas. Estar en comunión con esa fuente nos obliga a sentir su vaivén, a ver que hay momentos de placer y otros de dolor engarzados mágicamente por las olas de esa sabiduría eterna, que está fuera del espacio y fuera del tiempo.

Aceptarnos como no-separados es un regalo. Un precioso regalo que debemos tomar para nosotros y disfrutarlo. Podemos, con toda justicia, sentirnos parte de dios.