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Se acerca el fin del año. Es una época de balances y de nuevos propósitos. Es la época ideal para pensar en Wallace Wattles y en los milagros. Acaso todo sea un milagro. Que haya una especie que es capaz de pensar en sí misma, de razonar y darse cuenta del milagro de la vida, dentro de un universo lleno de piedras sin mucho sentido, es todo un milagro. Algunos lo atribuyen a Dios, otros a la evolución, otros a la sustancia que todo lo abarca. Pero es un milagro.

Posiblemente haya otras especies que puedan pensar y tener conciencia y sentirse vivos. Serían otros milagros, desparramados por el universo.

Pero el milagro mayor, lejos, es el de que seamos capaces de torcer nuestro destino, como no puede hacerlo ninguna otra especie conocida. Modificar lo que nos sucede, enderezar nuestras vidas, compartirla en un sentido gozoso con las personas que amamos.

Amar: he ahí otro milagro.

Y si amamos a la sustancia infinita que todo lo provee para nuestro destino, nos transformamos en agentes del cambio, mostramos la luz ahí donde vamos y finalmente vivimos nuestra vida en la plenitud de lo que deseamos para nosotros y para otros, ahí tenemos el milagro final.

En esta época, una palabra de aliento y esperanza para aquellos que están sufriendo, para los que están mal, para los que no ven la salida, para los que se desesperan por no poder disfrutar un poco de paz. Para los que no tienen para comer, una palabra del milagro.

Para los que están en guerra, matándose sin sentido unos a otros. Para las víctimas de la guerra, que sufren sin escapatoria ni solución posible. Para todos ellos, una palabra de esperanza, de amor, de paz imposible pero deseada, soñada, acariciada.