Morir antes de morir


Iglesia de la Consolación. Buenos Aires. Tinta sobre papel.

Existen maestros espirituales que enseñan una práctica que se podría denominar “morir antes de morir”. Consiste en una meditación profunda sobre la temporalidad de las cosas. De todas las cosas, incluida la persona propia, la que medita.

Es una práctica muy efectiva para el crecimiento personal y la profundidad del espíritu. Aquí la esencia y la intención están puestas en la comprensión profunda, no en los efectos prácticos o diarios que pueda tener, si bien contribuye a relativizar esta realidad tan poco real en la que vivimos cada día.

No es posible decir nada nuevo sobre la mortalidad de las cosas y los seres. Solamente quiero mencionar un par de aspectos que a veces pasa un poco desapercibido. Y es que la mortalidad, es decir la desaparición de las formas, abarca a todo el universo. Por más que veamos a los planetas y a las estrellas como un decorado permanente, ellas están en constante nacimiento y muerte igual que todos nosotros. No hay nada en el universo que pueda ser permanente. Cómo podríamos serlo nosotros, pequeños seres animados?

El otro aspecto que pocas veces se insiste es que la mortalidad pertenece a las formas, no a la materia. Ni siquiera a la energía. Esto es algo muy importante a tener en cuenta en esta meditación. Los científicos han demostrado que la energía, por tanto la materia en sí, que es otra forma de energía, no se crea ni se destruye, solamente se transforma. Podemos sospechar de los científicos, pero no cuando vemos que la naturaleza en lo profundo nos está diciendo algo.

Yo desapareceré, pero la materia de lo que estoy hecho se recombinará despues de varios procesos químicos, e irá a engrosar otros seres, quizás vegetales o animales. Mis átomos seguirán existiendo dispersos por diferentes lugares, como cauces de arroyos o árboles. Lo que habrá desaparecido soy yo como forma. Esos mismos átomos estaban combinados y acomodados de una manera tal que daban lugar a mi cuerpo y a mi mente. Luego seguirán existiendo acomodados de otra forma, en otros lugares, en otras cosas.

Y aquí llegamos al punto: la impermanencia de las cosas es impermanencia de las formas, no del fondo. Vivimos en un universo de formas que cambian constantemente. A cada segundo. Algunas cambian mucho y otras cambian imperceptiblemente. Forma y cambio son la misma cosa. No existiría una forma que no cambie.

La muerte no es sino un cambio. Fuerte y drástico, pero solo un cambio.

Lo que yo soy es forma. Mi mente, mi personalidad, mi carácter, no son más que formas en continuo cambio hacia otras formas y asi siguiendo. Nada es permanente, todo es transitorio.

Y llegamos finalmente a la pregunta del filósofo: Hay algo, en algún lugar del ser humano, que no cambie? Por que si es así, habrá valido la pena transitar esta forma.

Y mi respuesta es que sí lo hay. Y es la conciencia. Lo que está detrás de la mente y de la personalidad. La conciencia es eterna y siempre la misma. La mala noticia es que la conciencia no soy yo. Yo soy mente. La conciencia está detrás de mi mente. Es por eso que no podemos hablar de “mi” conciencia, sino de una conciencia mayor, superior, infinita, que compartimos todos los seres vivos y no vivos. Es el ser. Lo que hace que algo sea. Eso es inmutable.

Por existir, y solo por eso, somos partícipes del Ser, de la Conciencia del Universo. Pero además, la evolución nos ha traído hasta acá para que seamos la conciencia del universo que se mira a sí misma. El ser se mira a sí mismo. Todo lo demás es forma.

Si esto es así, pregúntate al final de la meditación, si vale la pena sufrir y amargarse por cosas que son solamente una forma completamente cambiante, que aparece y desaparece…

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El éxito y el fracaso


Somos completos y no necesitamos nada para ser felices.

La infelicidad humana se deriva de vivir en un sitio, en un punto, en un contexto, mientras deseamos estar en otro. Siempre perseguimos metas y sueños con la idea de que cuando lleguemos a lograrlos, a estar allí, descansaremos. Pensamos que cuando tengamos ese trabajo nuevo o esa pareja nueva, seremos felices.

Por supuesto, esto nunca sucede. Cuando llegamos a aquel punto soñado, inmediatamente surge la necesidad de otra meta, de otro camino. Y vuelta a andar. Siempre insatisfechos.

El hecho de estar en un sitio mientras necesitamos interiormente estar en otro genera tensiones muy difíciles de resolver. Es la causa más frecuente del estrés y de otras patologías psicológicas que se manifiestan de muchas maneras en la vida. Somos la insatisfacción.

Adicionalmente esto genera la sensación permanente de que estamos incompletos, de que nos falta algo. Vivimos con una sensación, sorda y por lo bajo, de que necesitamos algo que nos complete, que nos haga “totales”. Esperamos constantemente la llegada de un amor, de un trabajo soñado, de dinero en abundancia, de que se arreglen finalmente aquellos problemas que arrastramos. Vivimos en la creencia de que en ese momento seremos felices. Y completos.

Esta angustia se deriva de la ignorancia del secreto mejor guardado a lo largo de los tiempos: que estamos completos. Somos el ser. Somos la vida. (Correctamente dicho sería somos vida) Qué puede haber fuera del ser que nos complete? Que cosa tan maravillosa puede superar la maravilla y la bendición de la vida que somos? Como puede el agregado de otro ser o de unas monedas de oro superar la maravillosa realidad de que somos el mismo universo encarnado?

Alguien puede pensar que estas preguntas tienen alguna respuesta válida? Evidentemente no. Porque somos una maquinaria maravillosa puesta a andar por el Universo, el ser, que está en todas las cosas maravillosas, y que no necesita complementos. No requiere nada para completarse, para ser auténticamente feliz.

No estamos hablando de abandonarnos en un rincon a disfrutar lo que somos. Por supuesto tenemos metas que lograr. De lo contrario no habría evolución, individual ni de la especie. Debemos esforzarnos por cumplir los objetivos que nos proponemos, que nos permitirán vivir mejor o sentirnos mejor. De lo que aquí hablamos es de que esas metas no nos agregarán un ápice de nada a la completitud que ya somos. Y mucho menos sentirnos infelices o desesperados por no lograrlas. No dependemos de ellas. No somos eso, ni vivimos más o auténticamente mejor por tener unas monedas más en el bolso.

Aquí la diferencia no es el qué, sino el cómo. Si perdemos de vista lo que somos en aras de lo que deseamos, fracasaremos y nos hundiremos en la frustración. Somos seres maravillosos haciendo cosas maravillosas. Pero son cosas, son objetos, son formas, nada más. Lo informe, lo que no tiene forma, el ser universal, está siempre ahí, para nuestra bendición, dentro nuestro.

La muerte no existe


Cuando caminas por un bosque que no ha sido domesticado por la mano del hombre, no sólo ves abundante vida a tu alrededor; también encuentras a cada paso árboles caídos y troncos desmoronados, hojas podridas y materia en descomposición. Dondequiera que mires, encontrarás muerte además de vida. Al escrutarlo más de cerca, descubrirás que el tronco que se está descomponiendo y las hojas podridas no sólo hacen nacer nueva vida, sino que ellos mismos están llenos de vida. Los microorganismos están actuando en ellos. Las moléculas están reordenándose. De modo que no hay muerte por ninguna parte. Sólo existe una metamorfosis de las formas de vida. ¿Qué puedes aprender de esto?

La muerte no es lo contrario de la vida. La vida no tiene opuesto. Lo opuesto de la muerte es el nacimiento. La vida es eterna.

Como enfrentar la vida


Los budistas han conocido desde siempre la interconexión de todas las cosas, y ahora los físicos la confirman. Nada de lo que ocurre es un suceso aislado; sólo aparenta serlo. Cuanto más lo juzgamos y lo etiquetamos, más lo aislamos. Nuestro pensamiento fragmenta la totalidad de la vida. Sin embargo, es la totalidad de la vida la que ha producido ese suceso, que es una parte de la red de interconexiones que constituyen el cosmos.

Esto significa que cualquier cosa que es, no podría haber sido de otra manera.

En la mayoría de los casos, ni siquiera podemos empezar a comprender la función que un suceso aparentemente sin sentido puede desempeñar en la totalidad del cosmos; pero reconocer su inevitabilidad dentro de la inmensidad de la totalidad puede ser el principio de una aceptación interna de lo que es y nos permite realinearnos con la totalidad de la vida.

El pensamiento compulsivo


La mayoría de la gente se pasa la vida aprisionada en los confines de sus propios pensamientos. Nunca van más allá de un sentido de identidad estrecho y personalizado, fabricado por la mente y condicionado por el pasado. En ti, como en cada ser humano, hay una dimensión de conciencia mucho más profunda que el pensamiento. Es la esencia misma de tu ser. Podemos llamarla presencia, alerta, conciencia incondicionada. En las antiguas enseñanzas, es el Cristo interno, o tu naturaleza de Buda. Hallar esa dimensión te libera, y libera al mundo del sufrimiento que te causas a ti mismo y a los demás cuando sólo conoces el «pequeño yo» fabricado por la mente, que es quien dirige tu vida. El amor, la alegría, la expansión creativa y una paz interna duradera sólo pueden entrar en tu vida a través de esa dimensión de conciencia incondicionada.
Si puedes reconocer, aunque sea de vez en cuando, que los pensamientos que pasan por tu mente son simples pensamientos, si puedes ser testigo de tus hábitos mentales y emocionales reactivos cuando se producen, entonces esa dimensión ya está emergiendo en ti como la conciencia en la que ocurren los pensamientos y emociones: el espacio interno intemporal donde se despliegan los contenidos de tu vida.

Una versión del Génesis


En un comienzo, nada existía. Sólo el ser, como potencialidad.

La posibilidad gestó un atisbo de energía, la millónésima parte de un átomo, porque de lo contrario no era una verdadera posibilidad.

Varios átomos quisieron ser una piedra y una piedra empezó a girar.

El ser vio que eso era bueno. Ahora podía tocarse.

Los átomos hicieron lugar para el carbono y la vida. Y surgieron las plantas y los animales.

Entonces el ser vio que podía moverse por sí mismo.

Pero necesitaba verse, como en un espejo, y entenderse.

Debía surgir el entendimiento y la consciencia.

En eso estamos. Tenemos entendimiento.

Como la consciencia todavía es pobre, está enmascarada por el pasado y el futuro.

Con un poco más de evolución, aprenderá a vivir en el ahora, y el ser será dios.

Yo le pregunto


¿Está usted tratando siempre de llegar a un sitio diferente de donde está? ¿La mayor parte de lo que hace es sólo un medio para lograr un fin? ¿La realización está siempre a la vuelta de la esquina o reducida a placeres esporádicos como el sexo, la comida, la bebida, las drogas o las diversiones excitantes o emocionantes? ¿Está siempre concentrado en alcanzar o perseguir algún placer o emoción nuevos? ¿Cree que si compra más cosas se sentirá más realizado, más satisfecho o completo psicológicamente? ¿Espera a un hombre o una mujer que le dé sentido a su vida?

iglesia

Si no puede responder o responde de un modo que no le gusta leer, usted se dará cuenta que su vida está desencaminada, forzada a mirar siempre hacia otro lado diferente del lugar donde usted se encuentra ahora. ¿Acaso eso no está, de algún modo, emparentado con la locura?

Piénselo.

El mundo y yo


Si la gente cree que el mundo está aquí para satisfacerlos, cada vez que comienzan a encontrar sus limitaciones, son infelices de nuevo. No se dan cuenta de que el mundo —y con esto me refiero a cualquier cosa del mundo de la forma, la forma física, algunas formas mentales o formas emocionales— no puede darte una satisfacción duradera o realización o decirte quién eres.
No se dan cuenta de que lo que están buscando está en el nivel informe, pero lo están buscando en el nivel de la forma, y eso conduce a la frustración de la existencia humana.
Así que lo importante es darse cuenta de que el mundo no está aquí para hacerme feliz. Cuando no exiges que la situación, o el lugar, o la persona debe hacerte feliz, entonces realmente la situación, el lugar o la persona es completamente satisfactorio.

Fragmento de El Poder del Ahora – Eckhart Tolle

Poema 30 del Tao


Para pensar en la violencia

30 NI ARMAS NI VIOLENCIA

a) Los que con el Tao asisten al Soberano, no deben violentar el mundo con las armas. Éstas son cosas que fácilmente se vuelven al revés. Donde acamparon los ejércitos, nacen las zarzas y, tras las tropas, vienen inevitablemente los años malos.

b) Así, al hombre bueno le basta el fruto [que espontáneamente le ofrecen]. No osa violentar nada para coger más. El fruto sin más urgir, el fruto sin empeñarse más, el fruto sin más pretensiones, el fruto sin querer adquirir demasiado, el fruto sin forzar más.

c) Porque, tras la robustez, viene la vejez. Ésta es falta de Tao. Sin Tao pronto se acaba todo.

Poema 10 del Tao Te Ching


¿Puedes convencer a tu mente de su deambular,

y mantener la unidad original?

¿Puedes dejar que tu cuerpo se convierta

en flexible como un niño recién nacido?

¿Puedes limpiar tu visión interior

hasta que no veas nada más que la luz?

¿Puedes amar a la gente y guiarlos

sin imponer tu voluntad?

¿Puedes lidiar con los asuntos más vitales

dejando que los eventos sigan su curso?

¿Puedes dar un paso atrás de tu propia mente

y así entender todas las cosas?

Dar a luz y nutrir,

teniendo sin poseer,

actuando sin expectativas,

Liderando y no tratando de controlar:

Esta es la virtud suprema.

Qué es la eternidad?


Cuando yo era pequeño estuve unos años internado en un colegio católico donde tuve que aprender religión, latín, griego, y muchas otras cosas. Odié estudiar cosas tan alejadas de la realidad, pero  luego me fueron muy útiles en mi vida adulta. Con el paso del tiempo muchas de las cosas que aprendí en esos años se fueron borrando de mi memoria. Sin embargo, algunas permanecieron.

Una en particular me impactó mucho. Aún no sabía que me interesaba la física, y me estrujaba la cabeza pensando cómo podía existir un dios eterno. Debo reconocer, al margen, que la fe no era una de mis virtudes. El cura que nos enseñaba historia, vaya paradoja, un día descubrió que me costaba entender aquello de la eternidad. Como al pasar me dejó entrever que el dios eterno no es el que vive siempre o para siempre, sino que eternidad significa estar “fuera” del tiempo. Literalmente me rompió la cabeza, a mis once años. Si pensó que me ayudaría con esa reflexión, se equivocó.

Me inoculó una idea que me perseguiría toda la vida. Y no justamente por la cualidad de dios de ser eterno, sino por el hecho de que pudiera existir algo “fuera” del tiempo, algo que no estuviera sujeto a su ley y a su transcurrir. Fue eso lo que me hizo estudiar ya más grande relatividad y física cuántica, la necesidad de entender cómo funciona el tiempo. Fue lo que me hizo ahondar en Prigogine, en Einstein y en Miles Mathis, el más genio de los tres. El tiempo.

Jamás logré penetrar en su naturaleza, ni siquiera entender intuitivamente su composición y su comportamiento profundo. Hasta que cincuenta años después descubrí que nosotros, usted lector y yo, simples mortales, podemos tener un atisbo de lo que es estar fuera del tiempo. O sea, palpar la eternidad. Podemos verla muy de lejos y, quizás, llegar a tocar muy suavemente su naturaleza.

¿Cómo haríamos eso? Es necesario primero dominar nuestra mente hasta aprender a detenerla, parar ese parloteo bullicioso y constante. Eso requiere una cierta práctica, y no poco esfuerzo. Luego, concentrarnos en el ahora. ¿Cómo? Sentir el cuerpo, la energía física que lo impulsa y lo mantiene activo, y que está viva ahora. Este instante, este minúsculo momento casi sin duración llamado ahora, está estrictamente hablando fuera del tiempo. No es pasado ni es futuro, no tiene duración, es pura energía sin transcurrir. Es ahora. Está fuera del tiempo. Su energía es la energía de la consciencia que percibe el instante.

Cuando logras hacerlo varias veces, esa percepción se logra cada vez más rápido y de forma más profunda. Es la misma percepción de cuando vemos un árbol y logramos percibir su ser, su naturaleza de ser viviente sin remedio. Esa sensibilidad, aplicada a la consciencia del tiempo presente, te permitirá percibir como es andar por fuera del tiempo, aunque sea de lejos.

Controla tu mente, vive mejor


La idea es simple: la mente humana no descansa nunca y la mayoría de las cosas que hace no sirven para nada, por lo tanto es hora de hacerla descansar. Regular su uso. Controlar lo que nos dice porque muchas veces nos da mensajes negativos, o nos sugiere etiquetas para las cosas y las personas que no son reales. Darnos cuenta que no siempre es útil y muchas veces es nociva.

La mente siempre nos está planteando cosas, ideas, pensamientos, algunos muy estúpidos, etiquetas, deseos, recuerdos, y mil millones más de objetos. Muchos de estos objetos no son ni deseados ni buscados por nosotros. Simplemente la mente nos los ofrece en unas ráfagas que rara vez se calman. Ella necesita estar siempre activa para alimentarse constantemente de nueva información, y vincularla con la anterior y así generar información nueva a su vez.

En el párrafo anterior usé la palabra objetos con doble intención. Todas las cosas que mencioné son, efectivamente, objetos. Aunque no lo creamos o no lo veamos claramente, un pensamiento es un objeto. Una idea, una imagen en la mente, un recuerdo, un dolor emocional, todos son objetos. Vivimos en un mundo de objetos, de formas. Esos objetos son como el árbol que no nos deja ver el bosque, nos distraen, nos confunden. Volveremos sobre esto más adelante.

Otra cosa que hace la mente es interpretar. Poner etiquetas a todo. Prejuzgar. Vemos una persona, aunque sea desconocida, y creemos saber “de qué tipo” de persona se trata. Así, cuando entramos en contacto, ya tenemos una idea preconcebida que distorsionará cualquier cosa que aprendamos de ella con el tiempo. “Yo, cuando no te conocía en profundidad, pensaba que eras…” Cuántas veces has dicho esto tú mismo? Con esa costumbre de prejuzgar, la mente nos hace cometer errores.

Finalmente la mente nos juega una mala pasada tanto con el pasado como con el futuro. Con el pasado, es decir con nuestra historia personal, la mente mantiene latentes los malos recuerdos, las heridas recibidas y provocadas, y el recuerdo desagradable de los momentos en los que sufrimos. Así, no permite sanar definitivamente, a menos que se lo ordenemos. Debemos obligarla a recordar para perdonar la vida y dejar de sufrir una y otra vez por los hechos que ya pasaron, que no existen más.

En cuanto al futuro, la mente nos promete que cuando lleguemos a tal o cual meta podremos ser felices o, al menos, descansar. Nos promete un paraíso que nos hace olvidar el momento actual para ir en busca de ese futuro promisorio. Así, toda nuestra vida se vive apresuradamente para llegar al futuro, alimentada por esa promesa de felicidad futura.

Como se hace para detener el frenesí de la mente? En primer lugar debemos controlarla. Para poder tener cierto control sobre ella debemos observarla, analizar como se comporta. Es decir, primero observar y luego controlar, hacer que haga lo que deseamos y que no haga lo que no deseamos. Hay quien dice que nosotros no controlamos nuestra mente, sino que ella nos controla a nosotros. Eso está a la vista luego de ver como se comporta según describimos más arriba en este artículo.

En resumen, podemos decir que la mayor utilidad de la mente es que ella haga lo que nosotros deseamos, estrictamente. Por ello, en los próximos escritos iremos desgranando otras ideas para lograr este propósito. Si lo podemos hacer, mejoraremos nuestra calidad de vida hasta el punto que no lo podamos creer.

Quién es Usted?


La pregunta del título es una pregunta fácil de contestar. Todo el mundo respondería con su nombre y apellido, es decir, con su identidad formal. Es la identidad que tiene grabada a fuego tu mente. Pero acaso somos nuestra mente, o mejor dicho, somos lo que nuestra mente nos dice que somos?

Una pista para responder a estas preguntas reside en el hecho casi indiscutido que demuestra que la imagen que tenemos de nosotros mismos es falsa. A todos nos pasa que nos consideramos personas buenas, sanas e incapaces de hacer daño a otro. Generalmente esto es así, pero ante situaciones complejas, casi todos descubrimos que estamos dispuestos a engañar o a mentir o cometer algún otro acto inmoral con tal de tomar alguna ventaja. Es decir, tan tan buenos no somos.

Si la imagen que tenemos de nosotros mismos, o mejor dicho la que nuestra mente tiene de nosotros, no es tan fiel y puede ser sesgada, probablemente lo que la mente nos informe sobre nuestra verdadera identidad tampoco sea lo correcto. Tomamos nuestra identidad, dada por la mente, como evidente y automáticamente probada, pero en realidad nos referimos más que nada a la personalidad. Esta sí es una característica dada por la mente. La personalidad es el conjunto de características repetitivas que conforman y modelan nuestra conducta. Pero, somos eso?

En realidad, la pregunta de fondo es: existe algo más allá de la mente que pueda ser definido como el ser? Es decir, tenemos alma? O espíritu? Y más allá, dónde reside nuestra consciencia, en la mente?

Estas preguntas me dominaron durante mucho tiempo. Pasaba largas sesiones de meditación buscando la respuesta. Durante años quise saber exactamente quién era esa voz en mi cabeza.

A eso debe sumarse que muchos filósofos han tomado partido por una u otra versión. Es famoso el razonamiento de Descartes “Pienso, luego existo”, que se toma como prueba irrefutable de que lo que prueba que existimos es la mente. Lo correcto quizás debiera ser “Pienso, luego tengo una mente”, y así sería mucho más preciso y valedero el aserto.

Así deambulé durante años sin encontrar la respuesta hasta que un hecho menor me dio lo que tanto estaba buscando. Un día, en una conversación casual, alguien me dijo que si yo tenía una adicción era porque algo en mí estaba disconforme con mi estado y buscaba desesperadamente justificarse, provocándome un mal. Registré el pensamiento y me dí cuenta que lo que yo buscaba en mi adicción, no era precisamente placer sino dolor.

Ahí noté que algo dentro de mi parecía estar detrás de mi mente. Y que si este algo identificaba claramente las excusas y los engaños por los cuales mi mente me llevaba a la adicción, podría derrotarla y superar el problema. Ese algo que está detrás de la mente es la consciencia. Y la consciencia es el ser.

A partir de ese momento mi vida comenzó a cambiar profundamente en un sentido totalmente inesperado. Podía escrutar y analizar mis reacciones, las de mi mente, de una manera totalmente desapegada. Me daba cuenta de cómo los años del pasado me habían condicionado para tener la personalidad que tengo. Y, lo más asombroso, notaba como mis miedos y otros sentimientos negativos iban moldeando mi futuro.

La mente es un pequeño artilugio, muy poderoso, que usamos para cualquier cosa y para toda cosa, aún para aquellas para las cuales no ha sido diseñada. Me gusta usar la analogía de un armador de barcos. El armador hace construir los barcos y luego le pone a cada uno un comandante, un capitán que lo guía a cada uno a su destino. Pero el capitán no es el dueño, apenas si es el que conduce.

Nuestra mente es útil para muchas cosas, pero hay que vigilarla, estar alerta y despierto a sus ocurrencias, porque en cualquier momento nos hace hacer cosas que no nos benefician, sino que nos generan sentimientos, sensaciones y pensamientos negativos que nos terminan haciendo daño.

Ese fue el comienzo del cambio.

Empezar a Vivir


Es bastante común que la gente se pase toda la vida esperando para empezar a vivir.
La espera es un estado mental. Significa básicamente que quieres el futuro y no quieres el presente. No quieres lo que tienes y quieres lo que no tienes. Cuando esperas estás creando un conflicto inconsciente entre tu aquí y ahora —el lugar donde no quieres estar— y el futuro proyectado —el lugar donde quieres estar—.
Esto reduce mucho tu calidad de vida, obligándote a perder el presente.

Utilidad del Tao


El mundo corre a tomar la gran forma por modelo.
Corre no para su mal.
Es paz, igualdad y prosperidad.

Al pasajero lo detienen la música y los manjares.
El Tao, en cambio, es soso y no tiene sabor
cuando sale de la boca.
No es vistoso a la vista,
no es agradable al oído,
pero su utilidad es inagotable.