Poema 10 del Tao Te Ching


¿Puedes convencer a tu mente de su deambular,

y mantener la unidad original?

¿Puedes dejar que tu cuerpo se convierta

en flexible como un niño recién nacido?

¿Puedes limpiar tu visión interior

hasta que no veas nada más que la luz?

¿Puedes amar a la gente y guiarlos

sin imponer tu voluntad?

¿Puedes lidiar con los asuntos más vitales

dejando que los eventos sigan su curso?

¿Puedes dar un paso atrás de tu propia mente

y así entender todas las cosas?

Dar a luz y nutrir,

teniendo sin poseer,

actuando sin expectativas,

Liderando y no tratando de controlar:

Esta es la virtud suprema.

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Qué es la eternidad?


Cuando yo era pequeño estuve unos años internado en un colegio católico donde tuve que aprender religión, latín, griego, y muchas otras cosas. Odié estudiar cosas tan alejadas de la realidad, pero  luego me fueron muy útiles en mi vida adulta. Con el paso del tiempo muchas de las cosas que aprendí en esos años se fueron borrando de mi memoria. Sin embargo, algunas permanecieron.

Una en particular me impactó mucho. Aún no sabía que me interesaba la física, y me estrujaba la cabeza pensando cómo podía existir un dios eterno. Debo reconocer, al margen, que la fe no era una de mis virtudes. El cura que nos enseñaba historia, vaya paradoja, un día descubrió que me costaba entender aquello de la eternidad. Como al pasar me dejó entrever que el dios eterno no es el que vive siempre o para siempre, sino que eternidad significa estar “fuera” del tiempo. Literalmente me rompió la cabeza, a mis once años. Si pensó que me ayudaría con esa reflexión, se equivocó.

Me inoculó una idea que me perseguiría toda la vida. Y no justamente por la cualidad de dios de ser eterno, sino por el hecho de que pudiera existir algo “fuera” del tiempo, algo que no estuviera sujeto a su ley y a su transcurrir. Fue eso lo que me hizo estudiar ya más grande relatividad y física cuántica, la necesidad de entender cómo funciona el tiempo. Fue lo que me hizo ahondar en Prigogine, en Einstein y en Miles Mathis, el más genio de los tres. El tiempo.

Jamás logré penetrar en su naturaleza, ni siquiera entender intuitivamente su composición y su comportamiento profundo. Hasta que cincuenta años después descubrí que nosotros, usted lector y yo, simples mortales, podemos tener un atisbo de lo que es estar fuera del tiempo. O sea, palpar la eternidad. Podemos verla muy de lejos y, quizás, llegar a tocar muy suavemente su naturaleza.

¿Cómo haríamos eso? Es necesario primero dominar nuestra mente hasta aprender a detenerla, parar ese parloteo bullicioso y constante. Eso requiere una cierta práctica, y no poco esfuerzo. Luego, concentrarnos en el ahora. ¿Cómo? Sentir el cuerpo, la energía física que lo impulsa y lo mantiene activo, y que está viva ahora. Este instante, este minúsculo momento casi sin duración llamado ahora, está estrictamente hablando fuera del tiempo. No es pasado ni es futuro, no tiene duración, es pura energía sin transcurrir. Es ahora. Está fuera del tiempo. Su energía es la energía de la consciencia que percibe el instante.

Cuando logras hacerlo varias veces, esa percepción se logra cada vez más rápido y de forma más profunda. Es la misma percepción de cuando vemos un árbol y logramos percibir su ser, su naturaleza de ser viviente sin remedio. Esa sensibilidad, aplicada a la consciencia del tiempo presente, te permitirá percibir como es andar por fuera del tiempo, aunque sea de lejos.

Controla tu mente, vive mejor


La idea es simple: la mente humana no descansa nunca y la mayoría de las cosas que hace no sirven para nada, por lo tanto es hora de hacerla descansar. Regular su uso. Controlar lo que nos dice porque muchas veces nos da mensajes negativos, o nos sugiere etiquetas para las cosas y las personas que no son reales. Darnos cuenta que no siempre es útil y muchas veces es nociva.

La mente siempre nos está planteando cosas, ideas, pensamientos, algunos muy estúpidos, etiquetas, deseos, recuerdos, y mil millones más de objetos. Muchos de estos objetos no son ni deseados ni buscados por nosotros. Simplemente la mente nos los ofrece en unas ráfagas que rara vez se calman. Ella necesita estar siempre activa para alimentarse constantemente de nueva información, y vincularla con la anterior y así generar información nueva a su vez.

En el párrafo anterior usé la palabra objetos con doble intención. Todas las cosas que mencioné son, efectivamente, objetos. Aunque no lo creamos o no lo veamos claramente, un pensamiento es un objeto. Una idea, una imagen en la mente, un recuerdo, un dolor emocional, todos son objetos. Vivimos en un mundo de objetos, de formas. Esos objetos son como el árbol que no nos deja ver el bosque, nos distraen, nos confunden. Volveremos sobre esto más adelante.

Otra cosa que hace la mente es interpretar. Poner etiquetas a todo. Prejuzgar. Vemos una persona, aunque sea desconocida, y creemos saber “de qué tipo” de persona se trata. Así, cuando entramos en contacto, ya tenemos una idea preconcebida que distorsionará cualquier cosa que aprendamos de ella con el tiempo. “Yo, cuando no te conocía en profundidad, pensaba que eras…” Cuántas veces has dicho esto tú mismo? Con esa costumbre de prejuzgar, la mente nos hace cometer errores.

Finalmente la mente nos juega una mala pasada tanto con el pasado como con el futuro. Con el pasado, es decir con nuestra historia personal, la mente mantiene latentes los malos recuerdos, las heridas recibidas y provocadas, y el recuerdo desagradable de los momentos en los que sufrimos. Así, no permite sanar definitivamente, a menos que se lo ordenemos. Debemos obligarla a recordar para perdonar la vida y dejar de sufrir una y otra vez por los hechos que ya pasaron, que no existen más.

En cuanto al futuro, la mente nos promete que cuando lleguemos a tal o cual meta podremos ser felices o, al menos, descansar. Nos promete un paraíso que nos hace olvidar el momento actual para ir en busca de ese futuro promisorio. Así, toda nuestra vida se vive apresuradamente para llegar al futuro, alimentada por esa promesa de felicidad futura.

Como se hace para detener el frenesí de la mente? En primer lugar debemos controlarla. Para poder tener cierto control sobre ella debemos observarla, analizar como se comporta. Es decir, primero observar y luego controlar, hacer que haga lo que deseamos y que no haga lo que no deseamos. Hay quien dice que nosotros no controlamos nuestra mente, sino que ella nos controla a nosotros. Eso está a la vista luego de ver como se comporta según describimos más arriba en este artículo.

En resumen, podemos decir que la mayor utilidad de la mente es que ella haga lo que nosotros deseamos, estrictamente. Por ello, en los próximos escritos iremos desgranando otras ideas para lograr este propósito. Si lo podemos hacer, mejoraremos nuestra calidad de vida hasta el punto que no lo podamos creer.

Quién es Usted?


La pregunta del título es una pregunta fácil de contestar. Todo el mundo respondería con su nombre y apellido, es decir, con su identidad formal. Es la identidad que tiene grabada a fuego tu mente. Pero acaso somos nuestra mente, o mejor dicho, somos lo que nuestra mente nos dice que somos?

Una pista para responder a estas preguntas reside en el hecho casi indiscutido que demuestra que la imagen que tenemos de nosotros mismos es falsa. A todos nos pasa que nos consideramos personas buenas, sanas e incapaces de hacer daño a otro. Generalmente esto es así, pero ante situaciones complejas, casi todos descubrimos que estamos dispuestos a engañar o a mentir o cometer algún otro acto inmoral con tal de tomar alguna ventaja. Es decir, tan tan buenos no somos.

Si la imagen que tenemos de nosotros mismos, o mejor dicho la que nuestra mente tiene de nosotros, no es tan fiel y puede ser sesgada, probablemente lo que la mente nos informe sobre nuestra verdadera identidad tampoco sea lo correcto. Tomamos nuestra identidad, dada por la mente, como evidente y automáticamente probada, pero en realidad nos referimos más que nada a la personalidad. Esta sí es una característica dada por la mente. La personalidad es el conjunto de características repetitivas que conforman y modelan nuestra conducta. Pero, somos eso?

En realidad, la pregunta de fondo es: existe algo más allá de la mente que pueda ser definido como el ser? Es decir, tenemos alma? O espíritu? Y más allá, dónde reside nuestra consciencia, en la mente?

Estas preguntas me dominaron durante mucho tiempo. Pasaba largas sesiones de meditación buscando la respuesta. Durante años quise saber exactamente quién era esa voz en mi cabeza.

A eso debe sumarse que muchos filósofos han tomado partido por una u otra versión. Es famoso el razonamiento de Descartes “Pienso, luego existo”, que se toma como prueba irrefutable de que lo que prueba que existimos es la mente. Lo correcto quizás debiera ser “Pienso, luego tengo una mente”, y así sería mucho más preciso y valedero el aserto.

Así deambulé durante años sin encontrar la respuesta hasta que un hecho menor me dio lo que tanto estaba buscando. Un día, en una conversación casual, alguien me dijo que si yo tenía una adicción era porque algo en mí estaba disconforme con mi estado y buscaba desesperadamente justificarse, provocándome un mal. Registré el pensamiento y me dí cuenta que lo que yo buscaba en mi adicción, no era precisamente placer sino dolor.

Ahí noté que algo dentro de mi parecía estar detrás de mi mente. Y que si este algo identificaba claramente las excusas y los engaños por los cuales mi mente me llevaba a la adicción, podría derrotarla y superar el problema. Ese algo que está detrás de la mente es la consciencia. Y la consciencia es el ser.

A partir de ese momento mi vida comenzó a cambiar profundamente en un sentido totalmente inesperado. Podía escrutar y analizar mis reacciones, las de mi mente, de una manera totalmente desapegada. Me daba cuenta de cómo los años del pasado me habían condicionado para tener la personalidad que tengo. Y, lo más asombroso, notaba como mis miedos y otros sentimientos negativos iban moldeando mi futuro.

La mente es un pequeño artilugio, muy poderoso, que usamos para cualquier cosa y para toda cosa, aún para aquellas para las cuales no ha sido diseñada. Me gusta usar la analogía de un armador de barcos. El armador hace construir los barcos y luego le pone a cada uno un comandante, un capitán que lo guía a cada uno a su destino. Pero el capitán no es el dueño, apenas si es el que conduce.

Nuestra mente es útil para muchas cosas, pero hay que vigilarla, estar alerta y despierto a sus ocurrencias, porque en cualquier momento nos hace hacer cosas que no nos benefician, sino que nos generan sentimientos, sensaciones y pensamientos negativos que nos terminan haciendo daño.

Ese fue el comienzo del cambio.

Empezar a Vivir


Es bastante común que la gente se pase toda la vida esperando para empezar a vivir.
La espera es un estado mental. Significa básicamente que quieres el futuro y no quieres el presente. No quieres lo que tienes y quieres lo que no tienes. Cuando esperas estás creando un conflicto inconsciente entre tu aquí y ahora —el lugar donde no quieres estar— y el futuro proyectado —el lugar donde quieres estar—.
Esto reduce mucho tu calidad de vida, obligándote a perder el presente.

Utilidad del Tao


El mundo corre a tomar la gran forma por modelo.
Corre no para su mal.
Es paz, igualdad y prosperidad.

Al pasajero lo detienen la música y los manjares.
El Tao, en cambio, es soso y no tiene sabor
cuando sale de la boca.
No es vistoso a la vista,
no es agradable al oído,
pero su utilidad es inagotable.

La vida como pesadilla


Catedral de Toledo

Cuando confundimos la realidad que vemos con la vida infinita que late dentro nuestro, pensamos que la vida son esos pensamientos que atraviesan nuestra mente sin cesar a cada momento.

Cuando creemos que debemos llegar a tener o disfrutar tal o cual cosa que vemos en los demás para poder ser felices, sin darnos cuenta que nada, ningún objeto o posesión puede darnos un bienestar permanente y pleno, estamos desperdiciando lo mejor de la vida. Identificamos la forma de los objetos con la esencia de la vida.

Sobre todo con los pensamientos, que también son objetos y tienen forma. Despertar significa darse cuenta que los pensamientos y las emociones no son la vida, sino apenas una reacción temporaria y, muchas veces distorsionada, de nuestra mente. Reacción a las cosas y los hechos que vemos, sin importar que los vemos con una perspectiva muy parcial y condicionada.

Aclaremos que las emociones son reacciones del cuerpo a los pensamientos. O sea que todo lo que creemos que es vida, pensar y sentir, es producto de la mente. En cambio la vida real está en un escalón más profundo dentro nuestro, en el espíritu. En una profundidad que ni siquiera sospechamos, pero que podemos tocar y palpar si nos quedamos en silencio, con la mente en blanco.

Nuestra vida se parece a una pesadilla cuando corremos detrás de cosas que no tienen la más mínima importancia. Y al lograrlas, y comprobar que no cambiaron nuestra vida en lo más mínimo, nos sentimos frustrados. ¿Para qué me sirve la casa nueva, el auto más caro, el reconocimiento más anhelado? La frustración se tapa imponiendo una nueva meta, un nuevo logro, siempre más.

Se dice que hay una corriente de monjes budistas que meditan sobre la existencia con una particularidad: van a meditar al cementerio, entre los muertos. Más allá de lo desagradable de la idea, es un símbolo en sí mismo. Meditar sobre la existencia entre los que ya no existen. Enfrentarse cara a cara con la transitoriedad para saber en carne viva que nada que venga del futuro nos podrá hacer felices, porque el futuro no existe.

¿Como se compatibiliza eso con la necesidad de hacer cosas, ya sea para ganarnos el sustento o para sentirnos realizados? El secreto está en el momento presente. ¿Necesito hacer algo para sentirme útil o feliz o reconfortado, ahora?¿Esto que hago, este emprendimiento o este trabajo, me da satisfacción hacerlo más allá del resultado? Si las respuestas son afirmativas, hacer vale la pena, ahora. Por supuesto debo planear para que las cosas resulten como se supone, pero siempre debe haber una recompensa en el hacer, no en el futuro. 

Si me gano el pan haciendo cosas que no me gustan, más vale que apunte a cambiar, porque con seguridad me sentiré frustrado. Cambiar puede significar dos cosas distintas, o le tomo el gusto a lo que hago y empiezo a amigarme con ello y a sentirme feliz haciéndolo, o paso a hacer otra cosa.

La vida puede ser una pesadilla o un placer eterno. Todo depende de como la viva.

La mesura según el Tao


Más vale no llenar las cosas demasiado.
El filo, demasiado afilado,
no ofrece garantía para mucho tiempo.
No se guarda bien un salón
lleno de ricos metales y piedras preciosas.

El rico, si es soberbio, hereda su ruina.

Retirarse, acabada la obra
y conseguido el renombre,
es camino (sabiduría) del Cielo.

Los placeres del mundo


Existe una idea tan subterránea como difundida que produce estragos en nuestra vida de cada día. Es aquella que nos dice que el mundo está aquí para satisfacernos. Tan simple como eso, y tan ridículo cuando lo pensamos, y sin embargo todos llevamos dentro esa profunda confusión. Y está tan dentro nuestro que apenas si la vemos cuando alguien la menciona, mientras tanto actuamos, pensamos, deseamos y vivimos como si ello fuera así.

El mundo es como es y está como está por muchos motivos, producto de siglos de historia, errores, crímenes, etc. Mal podría estar a nuestro servicio luego de diez mil años de errores y tragedias, siendo que nosotros nacemos y nos educamos con parámetros y necesidades que cambian cada veinte años. Pero nosotros creemos que sí, que el mundo está hecho para satisfacer nuestras necesidades y nuestros deseos.

En cuanto a las necesidades, somos una especie que ha abandonado hace mucho el instinto de procurar satisfacerlas. Ahora pensamos que primero la familia y luego el gobierno, el estado, la empresa o las leyes deben darnos los medios para subsistir. Si no cumplen con eso, desparramamos odio y angustia hacia todos lados, pero son raras las personas que toman de buen grado la urgencia de salir a la selva de cemento a procurarse el bien. Y si lo hacen, no dejan de sentir un sordo resentimiento que tarde o temprano aflora por algún lado.

En cuanto a nuestros deseos y toda clase de necesidades psicológicas o emocionales, también pensamos que el mundo debe acercarnos un lugar donde abastecernos. Y si no lo encontramos, hacemos un berrinche. Si, en cambio, logramos conseguir ese placer o ese deseo, inmediatamente sentimos que no es suficiente. Deseamos más. No dura esa satisfacción. Es efímera, como todo lo que proviene del mundo exterior.

El mundo, los países y las sociedades y su cultura, están ahí porque es lo mejor que hemos podido construir en diez mil años. Nadie las hizo, sino que fueron una construcción colectiva destinada a sostener nuestro instinto gregario. Y evoluciona a los golpes aquí y allá, sin mucho orden, motivado por esfuerzos individuales en busca de sentido. Si lo que obtenemos de afuera de nosotros mismos fuera suficiente para darnos la plenitud, la sociedad hubiera dejado de evolucionar hace mucho. Pensar que en ello podemos encontrar nuestra identidad o nuestra razón de existir, es como pensar que vivimos en el Edén. Y buscar en el mundo el sentido de la existencia es garantía de frustración y de dolor. Nunca lo encontraremos.

La felicidad, la paz y la verdadera identidad, y el sentido de la existencia, vienen de adentro. Nunca de afuera.

El cambio espiritual está aquí


las leyes de karma

Estamos frente a una revolución espiritual sin precedentes. Como nunca la humanidad se ha volcado a la búsqueda de la superación espiritual, al tiempo que rompe las cadenas con las religiones establecidas, demasiado esclerosadas desde hace cientos de años. 

No se puede negar que este proceso se da en el mismo momento que se producen en todo el mundo hechos que parecen contradecir cualquier pronóstico optimista. Terrorismo, hambrunas, desplazamientos masivos, etc. son ejemplos que parecerían indicar que el mundo va en sentido contrario y que el optimismo sobre el futuro es una ilusión.

Sin embargo, la gente común parece haber decidido que necesita algo más, algo en que creer que le de sentido a su vida. Florecen las nuevas iglesias, aún los nuevos dogmas, a la par de maestros espirituales individuales que son difundidos ampliamente por los nuevos medios de comunicación.

En ese contexto, no falta mucho para que la gente en general descubra que lo que está buscando afuera lo debe encontrar adentro. No hay sentido de identidad que pueda encontrarse en hechos o cosas exteriores a uno mismo. Esto a primera vista puede parecer egocéntrico, pero es la única verdad.

Imaginemos que somos una ola en la superficie del mar, un mar muy profundo. Somos una vibración sobre el agua, pero el agua tiene muchos, muchísimos, metros de profundidad. Lo que hay dentro nuestro es el mismo material del que está hecho todo el océano, no somos nada distinto a lo que compone la totalidad. Cómo podríamos estar compuestos de otra cosa? Qué le daría sentido a nuestra vida si no es la propia materia que nos compone? Acaso una gota del mar es diferente de la gota de al lado?

Nuestra mente tiende a la separación. Como es limitada, para intentar entender la realidad la divide en partes. A mayor complejidad de la situación, más partes componen la realidad para nuestra mente. Entonces a mayor complejidad, menos representativa es la parte que alcanza a analizar nuestra mente. Jamás podrá entender el todo, entonces nos hace creer que dividiendo, clasificando y catalogando los hechos es la única forma de enfrentarlos. Vivimos pensando en lo exterior a nosotros, y paradójicamente, entendiendo cada vez menos.

Entenderemos como es la playa mirando un grano de arena? Decididamente no.

Es hora de mirar hacia adentro, donde está la materia prima que formó y forma cada día la vastedad del cosmos.

Vivir la naturaleza


Me asombra constatar que la mayoría de las personas que viven en ciudades, o sea la totalidad de las personas que conozco, no son conscientes del imprescindible servicio que nos presta la naturaleza. Y no me refiero a razones ecologistas, ni a variables económicas ni siquiera a razones humanitarias y ambientales.

Me refiero puntualmente a la conexión que nos provee la naturaleza al vincularnos con el ser, con lo que realmente es. Ese ser que está en todo lo que existe y es anterior al ser humano en millones de años. En esa conexión fabulosa donde, si prestamos un poco nada más de atención, podemos “sintonizarnos” con la inmensidad y percibir su paz gigantesca, su insondable armonía subyacente.

La mayoría de nosotros vivimos en ciudades construidas por el hombre y rodeados de artefactos manufacturados. En ellos percibimos una frialdad, una ausencia de sentido, salvo cuando se trata de objetos de arte. De este modo, todo lo que nos rodea nos anula la percepción. Esta mesa, aquella pared, este conjunto de edificios, conspira para que podamos sentir la profundidad del entorno.

Cuando salimos a la naturaleza, en las montañas, en un lago o en una simple y aburrida llanura, nuestro espíritu percibe otro latir, otra manifestación, otro mensaje. Cuando descendemos del auto y nos sentimos inmersos en el paisaje, nadie se resiste a una exclamación ante la magnificencia y la perfección. Tendemos a creer que es eso, pero evidentemente no son esos dos atributos los que nos asombran. Basta para comprobarlo ver que ante la Torre Eiffel o el Empire State no vemos las mismas exclamaciones ,y también son construcciones magníficas y perfectas. 

Es otra cosa. Es un mensaje profundo que nos llega desde el origen y que las células de nuestro cuerpo identifican claramente. Todas ellas resuenan con esa llamada. Es la vuelta a casa, la vuelta al hogar, el regreso del hijo pródigo que nunca debió haber partido. 

Lo he visto en las montañas de Canadá, en la selva del norte de Argentina, en las llanuras del centro de Francia, en las playas de Brasil. Hay algo ahí. Hay una vibración imperceptible conscientemente, pero que cada centímetro de nosotros registra y obedece. Es muchas veces sobrecogedor constatar que los lagos, las montañas, los árboles, parecen estar ahí para nosotros, para nuestro deleite, pero que en el fondo nos están enviando un mensaje, un enorme llamado al origen.

Como vivo en una casa rodeado de unos diez millones de habitantes, apelo a dos árboles que tengo en el patio. Son pequeños, de no más de tres metros de alto, ya he escrito un par de veces sobre ellos. Uno tiene las hojas de un verde esmeralda, y el otro de un verde oscuro azulado. No se sus nombres ni a que especie pertenecen. No me interesa. Sólo sé que me acerco a ellos, los observo sin pensar en nada, sin intención, solo con la atención alerta y el cuerpo entero percibido y sensible. 

Y se produce un efecto. Percibo su estar, su elegante presencia, su sutilísima vibración. Es como una compañía silenciosa de un testigo de hace millones de años, antes que supiéramos erguirnos en dos piernas. Un testigo que está ahí y no nos demanda nada, solo nos pide que lo veamos y lo percibamos. De esa forma, el ser infinito y eterno logra percibirse a sí mismo. Su enorme dignidad de testigo, su perfecta forma y posición, su idoneidad.

A veces tomo una maceta de plástico vacía entre mis manos y la miro. Luego vuelvo mi vista al árbol. Y ahí, les juro, entiendo todo.

Recuerdos del viaje infinito


Recuerdo la primera vez que fui a Europa, en los noventa. Era la primera persona de mi familia en llegar al viejo continente. Mi abuelo había salido huyendo de España, y mi padre y sus hermanos habían nacido en América. Yo retornaba, no como refugiado económico o político, sino como turista. Era un logro.

Caminando por las calles de Munich, aún recuerdo la desesperación que sentía por atrapar el momento. Estoy aquí, me decía a mi mismo. Es ahora y estoy aquí, en este momento único e irrepetible donde he logrado, por mis propios méritos o quizás no tanto, llegar más lejos que cualquiera de mi familia.

Estoy aquí. Miraba las calles, los escaparates, las personas, intentando atrapar esos momentos y registrarlos en mi memoria para contarlos después al regreso. Pero era mi ahora, mi instante definitivo donde me graduaba de no se qué. Era ahora.

Estoy aquí y es ahora. No había nada más importante. Ni los museos ni los paseos ni los lugares históricos ni los cafés me importaban. Me importaba mi presencia ahí. Sentía como nunca he sentido lo importante del ahora. Esto está pasando, me decía. Y no pasaba nada. Sólo yo pasaba, que le daba magnitud al simple hecho de estar en una calle en un momento de la tarde.

Si hubiera sabido replicar, en toda su extensión, aquel momento durante los veinte años siguientes, hoy tendría una vida mejor vivida. Solo tiempo más tarde me di cuenta de que en aquel momento yo estaba ejerciendo el poder del momento. La potencia de sentirse presente en el momento y reconocerse como una eventualidad, como lo que somos, un accidente que se repite cada día durante veinticuatro horas. Un rayo que no cesa. Un milagro que se repite a cada instante.

Así como aquella vez fui a Alemania, cada día vengo a contarte el instante, este momento irrepetible donde eres y donde soy, donde somos la prueba viviente del milagro de la evolución.

Para qué nos sirve el cuerpo


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Me gustaría preguntarle a un católico o a un cristiano: Si dios nos hizo a su imagen y semejanza, como dice la Biblia, para qué nos dio el cuerpo? No tiene sentido. Podríamos ser ángeles o demonios portándonos bien o mal en el cielo, sin necesidad de cargar con estos cien kilos de carne que fallan, se enferman, deben alimentarse y encima, duelen.

Si me lo preguntan a mí, la función del cuerpo es nada más que manifestar el paso del tiempo. Si fuéramos solamente espíritu, no podríamos envejecer y, por lo tanto, aprender. El paso del tiempo enseña. Existimos porque dejamos de existir en algún momento.

Aprendemos del tiempo, y está bien que sea así. El problema es que nuestra mente no aprende todo. Aprende a destilar experiencias del pasado y a desear lo que ocurrirá en el futuro, pero no aprende a vivir el presente. Es una tarea de las más difíciles que tiene el ser humano. Apreciar, evaluar, disfrutar el presente es algo para lo cual la mente humana, en este estadio de evolución, no está preparada. Nos lleva del pasado al futuro y de regreso permanentemente, sin detenerse en el ahora, que es el presente

Como lo hace?

Primero nos convence de que tenemos que ser “productivos”, entendiendo por eso que no debemos “perder” el tiempo sin hacer nada. Aquí influye mucho nuestra educación en la infancia. Debemos estar siempre haciendo algo productivo. Por ejemplo, pensar en lo que tenemos que hacer (futuro). Si no lo hacemos, nos recuerda lo que nos pasó la última vez (pasado) que no nos alcanzó el tiempo para todo lo que debíamos hacer. Si estamos cansados y nos entretenemos con alguna tontería, nos recuerda que la última vez le dedicamos el tiempo a ver una película, que nos gustó o que no nos gustó (pasado), y que por eso podríamos estar haciendo eso (futuro).

Luego de eso, nos llena de cosas todo el tiempo y bajo toda circunstancia. El trabajo, la casa, la pareja, los niños, los mayores, los amigos, los parientes, las obligaciones sociales, las compras, los impuestos, el médico, el contador, las vacaciones, el auto, el fin de semana, los compromisos. Todas cosas que nos llenan el tiempo, y que vienen a la mente cuando terminamos de hacer algo y no sabemos como seguir. Enseguida nuestra mente nos llena con alguna o varias de esas cosas. No nos da respiro.

La mente no soporta el vacío, porque no lo conoce. Y el presente es eso, un gran vacío, aparentemente. Por eso se empeña en llenarnos siempre con algo.

Pero resulta que lo único que existe es el presente. Lo único que existe y lo único que siempre existió, es el ahora. Siempre es ahora. No hay otra cosa. La galleta que termino de comer ya no existe y el vaso de jugo que iré a buscar en un momento, aún no existe. Sólo existe el ahora, esta tecla que aprieto ahora. Pero no vemos el ahora. No lo disfrutamos, y lo que es peor, muchísimo peor, no sabemos sentir el ahora. No lo sentimos. No lo percibimos. Por la sencilla razón que nunca nos enseñaron ni nunca aprendimos a percibir el ahora. Nos han dado un cuerpo para sentir el paso del tiempo y lo único que no sabemos hacer es sentir el paso del tiempo.

Loco, no?. Si, locos.

La revolución del ser


Durante años he perseguido la iluminación. Con esa palabra rimbombante y exagerada intento sacudir las ideas, pero en realidad diré que buscaba lo que busca todo el mundo, una razón que justifique por qué estamos aquí. Para qué vivimos? Qué sentido tiene todo este “valle de lágrimas” si un día vamos a parar al polvo y no queda de nosotros más que un recuerdo? Por qué debemos abandonar nuestros afectos más profundos? Qué es la vida, sin más?

Por supuesto, en esa búsqueda visité todas las variantes de la autoayuda y de los maestros espirituales. Inclusive deambulé por otras religiones. Encontré muchas buenas intenciones, algunas buenas ideas, muchas buenas personas y muchos, pero muchos, negocios de diferente tipo. Nada me satisfizo, después de descubrir que todos vendían algo. Todos prometían esto o aquello, pero por debajo te vendían un libro o una conferencia. Si realmente tienes la verdad, no necesitas vender nada. No hay nada ahí, comprado, que valga la pena.

Un día me dí cuenta que un árbol o un conejo tiene una raíz común con nosotros, el ser. Todos somos. Me refiero al ser en el tiempo, no al ser eterno. Ser en el tiempo implica tener que dejar de ser, requiere la transitoriedad, puesto que si fuéramos eternos tendríamos esa otra naturaleza, que es la razón de que la biblia ponga en boca de dios la frase “Soy el que es”. Nosotros somos lo que somos pero un tiempito nada más.

Ese ser transitorio, en el tiempo y el espacio, muy probablemente sea parte del ser eterno, pero con otra configuración. Porque no puede haber distintos orígenes. Entonces llegué a la conclusión de que somos un ser infinito que se va descargando como gotas (Gracias José Luis por la frase) hacia estas cuatro dimensiones con alguna finalidad, gotas que luego vuelven al ser.

Ahí se pone más difícil, intentar juzgar las intenciones del infinito. Tengo mi teoría, pero la dejo para otro momento. Spoiler: el ser necesita la consciencia para poder verse a sí mismo.

La cuestión es que compartimos con todo lo que existe la naturaleza principal, ser. Por lo tanto, y mientras dure este paso que terminará algún día, seguimos siendo  parte del todo pero con las limitaciones del tiempo y del espacio.

Percibí que esto se confirmaba el día que me dí cuenta que no soy mi mente. Mi mente es una máquina loca que me trae doscientos pensamientos por minuto, uno más estúpido que el otro, y raramente alguno que vale la pena. Detrás, y lejos de la mente, habita mi consciencia. Es animal. Es pura. Sigue siendo la de un niño. Es la que percibe el ser cuando la entrenas un poco. Es la que percibe la sólida consistencia de un árbol porque comparte el ser con él. (alguna vez te dedicaste a observar un árbol, o un ser viviente que no tenga consciencia de ti? Recomiendo hacer la prueba)

Mi consciencia observa mi mente y observa mi ser, mi cuerpo y mis emociones. Por este lado aprecia la naturaleza pura. Por aquél lado percibe la evolución humana de los últimos cien mil años.

Como dije, cuando entrenas un poco la consciencia, logras dos cosas. Por un lado evitas que la mente te enloquezca y te haga correr desesperadamente detrás de cosas que no valen la pena. Controlas tu mente. Con ello controlas tus adicciones, tus miedos, tus angustias, tus dolores, tu pasado, tus errores, y todo aquello que te produce dolor.

Por el otro lado, es decir mirando hacia el otro flanco, aprecias el ser, la naturaleza, el infinito, la absurda necesidad de dios que tenemos, lo íntimamente unidos que estamos al Universo, y comprendes definitivamente por qué morimos.  Y ese día tu vida ya no es la misma.

La búsqueda espiritual


Necesitas tiempo para la mayoría de las cosas de la vida: para adquirir nuevas aptitudes, para construir una casa, para especializarte en una disciplina, para prepararte una taza de té…. Sin embargo, el tiempo es inútil para la cosa más esencial de la vida, para la única cosa que importa: la autorrealización, que significa saber quién eres más allá del yo superficial; más allá de tu nombre, de tu forma física, de tu historia personal, de tus historias.
No puedes encontrarte a ti mismo en el pasado o en el futuro. El único lugar
donde puedes encontrarte es en el Ahora.
Los buscadores espirituales buscan la autorrealización o la iluminación en el futuro. Ser un buscador implica necesitar un futuro. Si lo crees así, entonces esto se vuelve verdad para ti: necesitarás tiempo hasta que llegues a darte cuenta de que no necesitas tiempo para ser quien eres.

E. Tolle – El silencio habla.