La historia de la naranja

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Dyer contaba siempre la historia de la naranja, era una de las que más le gustaba. Y tiene el encanto de ser una historia simple, como todas las que son inspiradoras realmente. Consiste en preguntarse: si exprimes una naranja, qué obtienes? La respuesta es sencilla: jugo de naranja. Obviamente. Eso es así, porque la naranja tiene dentro de ella jugo de naranja.

La moraleja es directa. Sale lo que está dentro, no puede salir otra cosa. Es decir, que si en algún momento te encuentras en una situación de estrés o presionado por algo, lo que dejarás salir es lo que tienes dentro. Si sale dolor, odio, violencia, agresividad, es porque de eso estás hecho. Si quieres que en esa situación surja amor, comprensión, inocencia, perdón, amor en definitiva en cualquiera de sus formas, primero debes llenarte de eso. Debes cultivar tu espíritu y tu corazón de tal manera que crezcan esos sentimientos y desaparezcan los negativos. Sólo después de que tengas tu interior lleno de esos sentimientos positivos, ellos podrán salir en situaciones límites.

Detener el charlatán interno


Así como meditar ayuda a la paz interna y ello al cumplimiento de nuestros sueños, a veces es necesario detener nuestro charlatán interno. Es es voz que a cada momento nos habla para criticar al resto de las personas. En mi caso lo fui callando de a poco a través de las sesiones de meditación.

Es muy poco lo que se justifica que critiquemos en el resto. Solamente en el caso de personas públicas que tienen injerencia sobre el resto de nosotros. Todos los demás mortales merecen nuestra comprensión, nuestro respeto y nuestra aceptación de sus actos.

Pero nuestro charlatán interno no se detiene. Esta siempre dejando en nuestro odio críticas y desprecios ocultos y pequeños hacia todos. Y nosotros, como seres dignos de la infinita sabiduría no merecemos tener un paje de este calibre.

El miedo a envejecer

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Una de las cosas que uno encuentra cuando se pone viejo, o se es viejo, y que más me llamó la atención cuando lo encontré, es la enorme cantidad de personas mayores que presumen de su salud. Amigos que van a hacerse un chequeo al médico y luego le recitan a uno los niveles de colesterol, los triglicéridos, la glucosa, y todo lo que dice el análisis. Hoy en día les llega por email, con lo cual lo tienen en el computador, en el celular, etc. Todos presumen de sus buenos valores, y casualmente omiten mencionar los que no están tan bien. Inclusive he llegado a creer que algunos me mienten, lo que no me llamaría la atención.

Es tanto y tan fuerte el culto a la juventud en esta sociedad, que se puede presumir, y no está mal visto ni mucho menos, de tener un análisis de sangre comparable al de un muchacho de veinte años. El culto a la juventud unido al temor a la muerte, y a la vejez prematura y achacosa, hacen que personas habitualmente inteligentes se pasen un buen tiempo contándole a los demás las características químicas de sus fluidos corporales.

El tiempo pasa irremediablemente. La vejez llega, más temprano que tarde. La juventud no es en sí misma un valor, ni las conductas son de por sí encomiables siempre. La calidad de una persona no se mide por la cantidad de glucemia que tenga en su sangre. Aceptar el paso del tiempo como una función de la vida que nos lleva a conocer cosas nuevas en las que jamás habíamos pensado, o nos trae pensamientos que jamás hubiéramos imaginado, es enriquecerse envejeciendo, o envejecer con altura, con imaginación y con calidad de vida.

Una vida mejor

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La meditación es una disciplina que tiene enormes beneficios a la hora de conquistar nuestros deseos o al menos acercarnos mucho a ellos. Su dificultad mayor radica en la constancia, que hace que muchas veces no seamos capaces de mantener el hábito. Pero hay una dificultad mayor aún, que es la de incorporar sus beneficios. Es decir, hacer que el “estado” de meditación se vuelva un estado interior, realizable, transportable a todos lados.

No podemos conducir un auto o andar en bicicleta y meditar al mismo tiempo. ¿O sí?

Si uno mantiene cierto hábito de meditación, digamos una vez por semana, pero incorpora sus resultados a la vida diaria, logrará hacerlo. Se trata de hacer carne dentro de uno la paz que da la meditación. La capacidad de calmarse casi instantáneamente. El dominio de los nervios, ya sea de origen interno o externo. La ubicuidad respecto de lo que nos rodea, también producto de la meditación. La ecuanimidad. La aceptación. La generosidad respecto de todos, y de todas las cosas. La paciencia para comprender/se. La gratitud enorme y desinteresada sobre todas las criaturas, sean buenas, malas o inanimadas. La aceptación del futuro y la comprensión sobre el pasado. Los buenos deseos hacia todos y hacia todo.

Muchos sentimientos que se desarrollan en el momento de la meditación son pasibles de ser llevados como un equipaje el resto del tiempo, en la vida de cada día, en el trabajo, en la familia. De nada sirve un bálsamo de buenas ideas y sentimientos durante quince minutos, si luego nos sumergimos nuevamente en la lucha, en la competencia, en el estrés, y anulamos esos beneficios. Son beneficios psicológicos, médicos, sentimentales y hasta organizacionales, que nos pueden prolongar el estado meditativo, aunque muy atenuado, durante toda la vida.

Los resultados que se obtienen no son ni más ni menos, los que promociona Wattles.

Ser uno mismo, la historia más difícil

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Parece fácil pero a cada paso nos tendemos trampas. No es sencillo. Aceptar lo que uno es y representarlo cada día, sin dejarse llevar por lo que los demás quieren o necesitan de uno, no es tarea sencilla. Aquellos que amamos muchas veces nos condicionan sin darse cuenta, porque esperan algo o, si nos aman de verdad, mucho de nosotros. Por otro lado tenemos una especie de ideal de nosotros mismos que hace que nos esforcemos en portarnos de determinada manera, a veces exagerando las cualidades que creemos tener.

Muchas veces lo que somos son intentos hasta que logran plasmarse en la aceptación de los demás. La devolución positiva de nuestras actitudes a veces nos cristaliza de determinada manera. En esos casos, amoldarse a la realidad no es más que un reflejo positivo de nuestra vida social. Somos de la forma en la que nos aceptan. Todos tenemos cierta maleabilidad que responde a los impulsos de los otros, sobre todo de los amados.

En el medio de todas esas interacciones, sostener lo que somos, lo que la introspección nos dice que somos, lo más claramente posible, suele ser una buena guía para no perderse. Mantenernos en nuestro centro. Sostener el equilibrio. Aunque seamos “desequilibrados” en algún sentido, y lo aceptemos así, sostener eso es mantener el equilibrio. Nada se pierde. Nada se extravía. Todo está siempre con nosotros. El asunto difícil es saber qué somos, y mantenernos en ese ser todo el tiempo.

Vivimos en el paraíso

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La tierra, el planeta tierra en que vivimos, es un paraíso. Un vergel, poblado de especies variadas, ricas, con verdes, ríos, montañas, lugares paradisíacos y hermosos. Cada vez que conocemos en vivo o a la distancia lugares nuevos, cada vez más nos sorprendemos de su belleza y de su perfección. Es amigable, aunque en muchos lugares hay peligros de todo tipo, pero los seres humanos nos hemos arreglado bastante bien para dominarlos y disfrutar igual de este jardín.

Pero el resto del Universo no es así. Es un lugar inhóspito, muchas veces despoblado de cosas, mucho más de vida, un desierto inabarcable. Es venenoso para nosotros, entraña infinitos peligros, justamente porque no lo hemos dominado aun, y quizás nunca lo hagamos. Nuestra supervivencia ahí afuera, lejos de esta cápsula que nos protege, es imposible. La belleza de una noche estrellada es el retrato de un infierno destructor y sangriento.

Por eso resulta incomprensible que nosotros los humanos logremos sintonizar el todo. Ese todo que no fue hecho como nosotros. Somos intrusos en ese todo. Pero a la vez somos los que le damos sentido. Le damos sentido a ese desierto de piedras y peligrosos fenómenos. Por eso la sustancia de lo que todo está hecho es, al mismo tiempo que dadora de bienes y venturas, fría e inhumana. Sintonizando con ella, establecemos el puente que le da algún sentido a la creación, al todo, siendo nosotros el resultado y a la vez el origen de tanta belleza criminal.

Jueces imperfectos

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Para poder ser tú mismo debes olvidarte que existen otros. Ignorar que hay otros que te juzgan y no juzgar a nadie.

Ese juez interno que llevamos dentro, permanentemente está emitiéndonos opinión sobre todas las cosas que vemos, sobre todo las conductas de los demás. Es como un duende que nos dice hacia que lado van los otros. Si se acercan a lo que pensamos o se alejan. Si actúan como deseamos o no. Si nos convienen o nos perjudican.

Necesitamos más libertad interior, más pureza de corazón, como miran los niños a los mayores, no a los otros niños a los que también aprendemos a juzgar desde pequeños. Necesitamos una mirada limpia, que considere los hechos pero no las intenciones. Dejemos las intenciones de los demás en donde siempre están, que es en la cabeza de los demás. Así no nos equivocaremos, como ocurre muchas veces, y no envenenaremos nuestros pensamientos con lo que pensamos que son los pensamientos de ellos.

En cuanto a nosotros y nuestros actos, debemos ignorar al resto en tanto jueces. Considerarlos, por supuesto, como destinatarios de nuestros actos y de nuestra conducta, pero sin darles la importancia de jueces a los cuales agradar. Ellos se harán cargo de sus juicios hacia nosotros, si los tienen. Nuestra conducta debe ser bien guiada, pero independiente de los pensamientos o los juicios que pueda provocar en otros.

Solo así seremos verdaderamente libres.

En camino hacia más

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Sigo recibiendo cada día muestras, pequeñas y grandes, de que con la fe y con la visión clara de lo que deseas, las cosas caminan hacia uno. Estoy en un emprendimiento nuevo, comenzado por capricho o por la voluntad de hacer algo distinto, y cada día que pasa las cosas mejoras y mejoran. Mejoro yo, y al mismo tiempo mejora la relación con las personas, muchas desconocidas, que apoyan el emprendimiento.

Disculpas pido por no dar los detalles, porque deseo que no reciba ningún impulso adicional, sino el propio derivado de hacer las cosas lo mejor posible y de las ideas de Wattles. Cuando esté consolidado y sea una realidad confirmada, explicaremos un poco más en detalle de que se trata. Por ahora solo basta decir que parecía imposible, es una idea que todo el mundo me decía que no lo iba a lograr, y el camino ha sido largo pero estamos cerca de la meta. Gracias a Wattles.

Pide tu deseo

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Se acerca el final del año, tiempo propicio para pedir los deseos para el próximo. Época de balances y de propósitos nuevos, con un nuevo entusiasmo y con las expectativas aumentadas. Es el momento de pedir mucho, de tener mucha fe, de sabernos capaces de los objetivos más altos. Hagamos un alto en los festejos y planeemos los sueños que se cumplirán, indefectiblemente, en este 2017 que está por empezar.

No ahorremos energía al soñar, usemos todo el poder que tenemos para planificar un año que nos traiga aquellos logros más altos, esos que casi nunca nos animamos a soñar. Es el momento. Es ahora cuando trazamos la línea para dejar atrás lo que pudo haber sido y no fue. No tuvimos suficiente fe, no volamos suficientemente alto, o lo que haya podido ser.

Ahora es cuando. Registremos de una vez y para siempre en nuestra mente y en nuestro corazón el futuro soñado. Dentro de un año recordaremos que fe hoy, o mañana, el día en que imprimimos nuestra voluntad para que aquello que casi nunca nos animamos a soñar, se haga realidad. Sabremos que fue en estos días cuando transformamos el futuro, cuando este futuro se haga presente en nuestra vida de todos los días.

Es ahora, es ya el momento de soñar y prometernos que no nos apartaremos ni un dedo de nuestra voluntad de cambiar las cosas para bien. Lo bueno será más bueno, lo aceptable será ideal y el futuro será presente. Y, desde ya, agradezcamos a la vida que nos da esta oportunidad de soñar despiertos y realizar conscientes. Agradecimiento, sobre todo, con la fe cierta de que así lo haremos. No llegará de la nada, lo haremos.

Feliz Navidad para todos.

El milagro de la vida

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Se acerca el fin del año. Es una época de balances y de nuevos propósitos. Es la época ideal para pensar en Wallace Wattles y en los milagros. Acaso todo sea un milagro. Que haya una especie que es capaz de pensar en sí misma, de razonar y darse cuenta del milagro de la vida, dentro de un universo lleno de piedras sin mucho sentido, es todo un milagro. Algunos lo atribuyen a Dios, otros a la evolución, otros a la sustancia que todo lo abarca. Pero es un milagro.

Posiblemente haya otras especies que puedan pensar y tener conciencia y sentirse vivos. Serían otros milagros, desparramados por el universo.

Pero el milagro mayor, lejos, es el de que seamos capaces de torcer nuestro destino, como no puede hacerlo ninguna otra especie conocida. Modificar lo que nos sucede, enderezar nuestras vidas, compartirla en un sentido gozoso con las personas que amamos.

Amar: he ahí otro milagro.

Y si amamos a la sustancia infinita que todo lo provee para nuestro destino, nos transformamos en agentes del cambio, mostramos la luz ahí donde vamos y finalmente vivimos nuestra vida en la plenitud de lo que deseamos para nosotros y para otros, ahí tenemos el milagro final.

En esta época, una palabra de aliento y esperanza para aquellos que están sufriendo, para los que están mal, para los que no ven la salida, para los que se desesperan por no poder disfrutar un poco de paz. Para los que no tienen para comer, una palabra del milagro.

Para los que están en guerra, matándose sin sentido unos a otros. Para las víctimas de la guerra, que sufren sin escapatoria ni solución posible. Para todos ellos, una palabra de esperanza, de amor, de paz imposible pero deseada, soñada, acariciada.